La semilla de las capitales


Una capital es una ciudad que da órdenes a las demás ciudades. En los mapas, a veces se subraya su nombre en rojo o se destaca en negrilla, y, como alberga los resortes del poder, la capital acaba convirtiéndose en una metáfora del país, aunque no siempre sea fácil desentrañar su significado. Atenas, por ejemplo, tiene por centro un edificio en ruinas; Santiago de Compostela, una tumba; Berlín, un muro derribado; Luxemburgo, un ascensor enorme que comunica la parte alta y la parte baja de la ciudad. Todas esas cosas nos dicen algo, aunque no está claro el qué. ¿Por qué Brasilia tiene forma de pájaro y Singapur de ballena?

Se entiende que de aquí nace la obsesión de algunos gobernantes por encontrar la capital perfecta. A veces, es por megalomanía: San Petersburgo, dedicada por Pedro el Grande a su santo; Yamusukro, construida por un dictador de Costa de Marfil en su pueblo natal; Nur-Sultán, ideada por otro dictador en Kazajstán para que un día llevase su nombre. Otras veces es por geometría: Washington, Ottawa, Canberra, Abuya o Madrid nacieron para estar en un lugar equidistante o en el centro de sus países. Otras, es por superstición: Mandalay, se dice, la decidió una profecía de Buda. Últimamente, Egipto está construyendo una nueva capital en el desierto para huir del tráfico de El Cairo; Indonesia ha decidido levantar otra en las junglas de Borneo porque Yakarta se hunde en el fango; y ahora se acaba de anunciar que Guinea Ecuatorial inaugurará otra el año que viene en la selva porque Malabo se ha vuelto insegura para el gobierno.

La historia no recomienda esta clase de cambios. Amarna fue abandonada poco después de la muerte del faraón que la creó. Naipyidó, erigida en secreto en la selva de Birmania por la dictadura militar, tiene avenidas de dieciséis carriles sobre las que apenas circula algún coche solitario. Hay estudios que muestran que Brasilia y Washington, al aislar a la clase política, han favorecido la corrupción. Dodoma, creada en Tanzania para ser una alternativa rural y africana al racionalismo europeo, es un dédalo caótico de callejuelas. Hay capitales que se ha arrepentido y han vuelto a su lugar de partida (Quezon City y Manila), o que han itinerado sin encontrar acomodo durante siglos, como en Japón (Asuka, Fujiwara-kyo, Nara, Kioto, Tokio…); o incluso en pocos años, como en Pakistán (Rawalpindi, Karachi, Islamabad). Algunas vuelven de entre los muertos, como Oslo, que ardió y regresó mucho después.

Al final, si es cierto que las capitales absorben la naturaleza de los países sobre los que presiden, también lo es que, trasplantadas a otro lugar, se llevan consigo los mismos problemas que motivaron su traslado. En la construcción de la nueva capital de Egipto ya flaquea la financiación. La de Guinea Ecuatorial se retrasa porque el presidente Obiang ordena rehacer cada edificio cuando no le gusta la vista desde una ventana. La de Indonesia todavía no ha empezado, porque los ingenieros no encuentran un terreno lo suficientemente firme para asegurarse de que la nueva capital no se hunda como Yakarta.

Se han sembrado los esquejes de las tres ciudades, y han brotado ya los primeros edificios o están a punto de brotar. Pero, junto a ese germen cuidadosamente seleccionado, crecerán, inevitablemente, las malas hierbas cuyas semillas han llevado el viento y los pájaros. Los problemas de los que huyen las nuevas capitales ya han empezado a germinar en ellas, y en la selva de Guinea Ecuatorial, en la jungla de Borneo y en el desierto de Egipto ya se ha puesto en marcha la maleza y la arena que un día han de cubrirlas.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
11 votos
Comentarios

La semilla de las capitales