Hace unos años, Jamie Oliver, el chef británico que un día cocino un sacrilegio y lo llamó paella, decidió que era hora de iniciar la batalla definitiva: acabar con los precocinados en los comedores escolares del Reino Unido. Ojalá un Jamie Oliver en estas cocinas. Hacen falta guerreros de las parrillas televisivas. Y sobre todo, hace falta un cambio en el menú del talent show de cocina por excelencia. Se han encendido los fogones una vez más, pero todo deja un regusto a palitos de merluza y a croquetas congeladas. ¿El elenco? Escogido con sumo cuidado para que no falte ni una pizca de sal y siempre haya un pelín de pimienta. ¿El jurado? Untuoso cuando hace falta y duro como un filete pasado si hay que darle un poco de vida. ¿El arranque? Más precocinado que esa lasaña que espera, paciente, a por fin conocer el microondas y abandonar de una vez esta dichosa nevera. Hasta las discusiones tenían sabor a salsa de tomate de bote. Era todo un poco como echarle al pulpo mayonesa. Cuando empezaron a sacar bichos y larvas, descubrimos que se le habían acabado las ideas. Pero en todo plato desastroso hay algo que se aprovecha. Elena Furiase dando sabor, Ana Milán, cuyo encanto reside, precisamente, en que es un poquito siesa. Volver a los años del cambio de milenio cuando Yolanda Ramos se hizo un sexi con la protagonista en escena. Y Tamara Falcó. Toda una sorpresa.

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