El cuento del relato

José Manuel Velasco FIRMA INVITADA

OPINIÓN

13 sep 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Ya siendo mayor (entiéndase el término como adulto consciente de su suerte) me di cuenta de que siendo pequeño (tradúzcase como corto en edad e inconscientemente feliz) mi padre me contaba todas las noches el mismo cuento. Para ser rigurosos, el relato era el mismo, solo cambiaban las circunstancias que lo rodeaban. Sin embargo, noche tras noche su historia provocaba en mí suculentas emociones. Es la sensación que tengo ahora cada vez que escucho a un político hablar del «relato». Es el mismo cuento con distintos protagonistas y circunstancias. Incluso a menudo ni siquiera los actores y sus coyunturas son originales. Las historias que nos cuentan persiguen dos líneas de reacción emocional: la adhesión o el rechazo. Un esquema binario que concede igual valor a sumar que a restar o, dicho de otra forma, a construir con los propios que a desmontar en los ajenos.

El relato ha sometido a la realidad, hasta el punto de moldearla, hacerla comestible, empaquetarla y emplatarla en el menú que graciosa y cansinamente sirven los medios de comunicación. Es la dictadura de la narrativa, un estado de opinión donde lo que importa es llevar la iniciativa verbal, hablar primero para que los demás se vean en la obligación de contestar a las afirmaciones ya en curso de colisión. Son las facilidades que proporciona lo que un portavoz gubernamental previo a la moción de censura denominaba «periodismo declarativo» y que un compañero suyo aún más anterior relacionaba con la teoría de «ocupar el espacio».

En el relato político la verdad importa poco, la clave radica en lo que la audiencia considera verosímil. Del mismo modo, las emociones cuentan mucho más que los hechos, hasta el punto de divorciarse de ellos y convertirse así en «posverdades». El territorio que se construye más allá de la verdad es propicio para la propagación de versiones interesadas, teorías conspirativas, ensoñaciones baratas y chismes superficiales. Y allí los fantasmas de la inconsistencia pueden pasear sus vanidades sin riesgo a que se descubra su naturaleza vacua.

Los españoles necesitamos un relato que, partiendo de la realidad, nos conduzca a un país que cuente una historia y cuente para la historia, una narración colectiva que suscite consensos entre los que piensan diferente, una crónica que cincele el verbo con hechos y margine al adjetivo partidario… una épica cuyo final sirva al bien común. De lo contrario, tenderemos a pensar que lo del relato es una forma de vivir del cuento.

Los cuentos están bien para cuando eres pequeño porque te enseñan a gestionar las emociones en un entorno seguro, pero cuando eres mayor los fantasmas, los brujos y los demonios nos dan más vergüenza que miedo.