Cuenta atrás


Esa mañana fue una más de la dinastía de rutinas que era mi vida: levantarme a las seis, poner un vaso de café con leche a calentar en el microondas y quedar suspendido en una perplejidad cafeinómana en espera de que el café estuviera listo para alcanzar el nivel en sangre suficiente como para poder pensar. Esa mañana mis ojos se quedaron pasmados en el reloj digital del microondas: un minuto y medio. Apreté el botón y comenzó la cuenta atrás countdow -señalaba la pantallita del ingenio- y cada segundo de resta me apuñalaba como un segundo menos de vida. 

De pronto me identifiqué con el café con leche de tal forma que sentía acabarse su tiempo y el mío. No aguanté más allá del minuto y lo apagué intentando retomar la conjura de silencio con la que nos abrigamos para no pensar en nuestro final. He vuelto a calentar el café en un pocillo que no me remite informes digitales del paso del tiempo, solo el humo y el aroma me bastan para seguir siendo infinito.

Habitualmente uno tiene conciencia del paso del tiempo cuando arranca las hojas del calendario. El paso del tiempo lo percibimos hacia delante avanzando en el almanaque y los años. Como no conocemos la fecha en que la postrera sombra nos arrebatará el blanco día, estamos acostumbrados a envejecer pensando en el tiempo transcurrido y no en el que nos queda; funcionamos como relojes de carrillón con el tempus fugit grabado en la frente y no desintegrándonos poco a poco en una cuenta atrás de reloj de arena o display.

Mis amigos no lo entienden, me toman a chufla y dicen que soy raro, pero les dispenso el error porque ellos no han tenido la desdicha de mirar fijamente a un microondas.

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