Si algo ha caracterizado a Iglesias desde su irrupción en la política ha sido el histrionismo. Es un consumado actor, dado a los golpes de efecto y a epatar al personal. Es capaz de transmutarse de «peligroso» izquierdista que quería asaltar los cielos en moderado Fray Pablo, como hizo en los debates televisivos en los que, abrazado a una Constitución minúscula, pedía tranquilidad a sus adversarios. Para acto seguido desatarse en un mitin, arremetiendo contra el Ibex, la banca, las cloacas y el PSOE, al que siempre ha considerado su gran enemigo político, en línea con su admirado Anguita. Cierto es que cinco años en la primera línea, tres hijos y un chalé en Galapagar le han moderado. Al menos en las formas. Ya no habla de la casta, ni de los de arriba y los de abajo. Viene esto a cuento de que a Iglesias, apasionado de las estrategias aprendidas en Juegos de Tronos, le están dando de su propia medicina. Porque la estrategia que está siguiendo Sánchez para acorralarlo tiene mucho de maquiavélica jugada de tahúr. Incluso se puede decir que tuvo suerte de que Iglesias cometiera el error histórico de rechazar una vicepresidencia y tres ministerios. Esa coalición habría sido garantía de fuertes disensiones internas con fecha de caducidad asegurada, como en Italia. Además de no sumar mayoría absoluta. Ahora le está llevando hacia la decisión final: o permite la investidura tras pactar un programa común que recoge muchas medidas de Unidas Podemos o elecciones. Y le obligará a retratarse en el último minuto, tras ningunearlo durante casi dos meses. Si dice no a Sánchez por tercera vez, le hará responsable de que se vuelva a votar. En ese caso serán los electores los que tengan la última palabra y decidan qué actor les parece más creíble.

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