La palabra y la mano amigas


Desde hace unos meses tengo la suerte -sí, han leído ustedes bien, la suerte- de hacer acompañamiento espiritual en cuidados paliativos. Gracias a los pacientes que me han permitido estar a su lado en el último tramo de sus vidas, he aprendido que ni tú ni yo somos la esperanza pero que todos podemos ser el eco de la esperanza, siempre y cuando entremos en la tierra sagrada que son los enfermos terminales con delicadeza y con la conciencia de que nosotros somos sanadores heridos.

Ellos nos ayudan a redescubrir la ternura y el inmenso valor de las pequeñas cosas de cada día.

He acompañado a personas muy religiosas, poco religiosas y nada religiosas, a personas enfadadas con Dios, incluso a quien se manifestó abiertamente ateo. No importa. Quien acompaña metiéndose en los zapatos de su prójimo ilumina la negra sombra de la soledad con esa presencia amigable: estar, escuchar incluso lo que no se oye, compartir las preguntas por el sentido último de la vida, llorar y reír cuando toca; y sobre todo, abrazar, acariciar, coger la mano, besar y ser besado. ¿Y todo eso para qué? Para que la persona se vaya de este mundo con la máxima paz posible, sabiéndose amado. Porque no hay nada más triste y que cause mayor sufrimiento que una muerte en soledad, sin calor humano, pensando que a nadie le importa el que tú te vayas de este mundo. Por eso es un imperativo ético impulsar y consolidar esa urdimbre afectiva en nuestros hospitales.

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