Estaba recostada en una esquina del Open Arms. Su cara se hizo pública a través de los medios de comunicación que cubrieron la historia de sus vidas. Tenía unos ojos bellísimos, pero con la mirada perdida. Pensando, imagino, en los que había dejado en África, en medio de la guerra, de la muerte.
Cuando vi su rostro y en de los otros viajeros de Open Arms pensé que si fuera uno de ellos haría lo mismo. Huiría de cualquier atadura para intentar vivir, si fuese posible con dignidad, y, quizá, cuando ya lo hubiese conseguido intentaría traer a mis hijos, madre y hermanos a Europa, la tierra prometida. También pensé que sería capaz de cometer cualquier acción para sortear la muerte a mano de dictadores y mafias organizadas. Quizá tendría que pagarles por morir en el mar, pero lo haría si fuese mi única oportunidad. Y si en el medio del Mediterráneo, cuando ya no tuviese fuerzas, me encontrase con un buque de acogida, también me subiría en él. Sin pensar nada más que en el presente e impulsada por el miedo a ser deportada. El Mediterráneo me recuerda al muro que dividía los guetos judíos de los barrios de los arios: todos sabían lo que pasaban, y todos callaban. Aquellos bellos ojos me hicieron pensar en Europa. En la falta de liderazgo, de principios. Lleva años retrasando la solución a un problema que solo se resuelve en origen.