El concepto de «enorme burato»


Al inicio de la autonomía, se produjo una procesión de mendicantes de inversiones, subvenciones y reclamaciones de pagos pendientes para los que no hubiera bastado el oro de Moscú. Los conselleiros nos pasábamos el día explicando que nada se podría hacer hasta que cerrásemos los últimos presupuestos de la preautonomía (4 millones de euros anuales) y elaborásemos el presupuesto de 1982 (unos 700 millones de euros). Pero la gente, que no atiende a razones, empezó a pensar que los subordinados éramos unos incompetentes, y que, si apelaban al jefe, todo sería posible. A Fernández Albor le gustaban aquellas procesiones, y pasaba muchas horas escuchando a la gente y preguntándonos qué les podía decir. Y, cuando nosotros insistíamos en que teníamos una grave insuficiencia presupuestaria, hizo esta célebre traducción de nuestras monsergas: «Que máis quixera eu que arranxarvos iso, pero non temos pesetas». Y por más empeño que pusimos Carlos Otero y yo en convencerlo de que las administraciones no podían hablar así, el presidente siguió en sus trece, seguro de que a él le entendían y a nosotros no.

Supongo que el «enorme burato» de las finanzas autonómicas, del que advirtió Alfonso Rueda, debe ser una alboriana traducción de la insuficiencia financiera que amenaza a la Xunta si la ministra de Hacienda sigue empeñada en vincular sus obligaciones, no con la ley y los presupuestos aprobados por Rajoy en el 2018 y prorrogados por Sánchez para el 2019, sino con el hecho de que, para cobrar la pasta gansa que nos debe -esta traducción es mía-, tenemos que venderle el alma a la investidura forzosa de Iván Redondo.

Creo que la señora Montero -que, en vez de hacer declaraciones, atropella al pueblo con tsunamis de palabras- no tiene ni pizca de razón cuando dice que, hasta que un nuevo Gobierno apruebe sus presupuestos, no hay instrumentos para transferir los recursos a las autonomías. Creo que las obligaciones del Estado, adquiridas en un marco presupuestario que sigue vigente, se están incumpliendo por una de dos: o porque se quiere hacer chantaje político al centroderecha, o, lo que sería peor, porque se advierte ya un gravísimo desajuste en las cuentas del Estado, cuyo enjuague se quiere aligerar mediante un impago, eternamente diferido, de las deudas pendientes con la periferia.

La indecencia que exhibe el Gobierno en funciones alcanza límites de bellaquería cuando la protagonizan aquellos que no querían reconocerle a Rajoy la interinidad de su Gobierno, aquellos que inventaron los «viernes sociales» para adquirir compromisos electoralistas que no están financiados, y aquellos que nunca dejaron de pagar lo justo y lo injusto al independentismo que les mece la cuna. La experiencia dice que, cuando un Gobierno no puede gobernar, y se apega al sillón, siempre vienen detrás el desorden -que ya abunda- y la mala baba, que es la que exhibe Hacienda para no transferir lo que ya no es suyo. Así que… ¡estamos advertidos! Aunque mucho me temo que inútilmente advertidos.

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