La Europa avarienta


Álex aún no tiene dos años cumplidos y acaba de descubrir la playa. Sus manos tocan el agua como si intentase coger un tesoro, pero se le escurre una y otra vez. Juguetea en la orilla y una ola lo tumba. Es un nuevo mundo para él. La mirada de sus padres revelan una felicidad indescriptible. Es agosto y la gente trata de buscarle acomodo a su tiempo de ocio y los sufrimientos están fuera de lugar. La imagen del niño me viene a la mente viajando por las llanuras de Burgos. En ese momento escucho en la radio citar a Paul Bowles: «No sabemos cuándo vamos a morir. Así, creemos que la vida es un pozo inagotable». Álex se quedaría en la playa para siempre y su madre tiene que arrancarlo casi a la fuerza de la orilla del mar. Como el pequeño, no somos del todo conscientes de que el tiempo viaja en un caballo muy veloz que nunca se detiene. Ni sabemos cuando viene la dicha ni la desdicha, aunque a veces la invoquemos a voces. En la misma emisora cantan: «Somos esclavos de nuestras hazañas, y dueños de nuestros intentos». En Belorado, un pueblo de la España vaciada que fue plaza fuerte del Cid y lugar querido de Alfonso X, veo en la tele que el Open Arms intenta en el Mediterráneo una nueva hazaña humanitaria, pero sus llamadas a la puerta de la conciencia de Europa solo reciben silencios. Es el vacío moral de un continente en declive. El barco lleva a 151 desdichados que huyen del infortunio. El mar de la felicidad de Álex es para ellos un infierno que llama a la muerte. Mientras las olas suaves del estío vacacional relajan los cuerpos de media Europa, la solidaridad viaja andrajosa por caminos sin empedrar. El avariento siempre halla razones para negar ayuda al que sufre.

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