Suicidio asistido


Hasta donde yo sé, la expresión «suicidio asistido» fue un invento de Jack Kevorkian para eludir la cárcel. Hagamos un poco de memoria, que suele ser muy saludable. Kevorkian era un médico norteamericano firme partidario de la eutanasia que, ante la prohibición de esta práctica y su deseo de no ir a la cárcel, construyó una máquina -a la que denominó Thanatron (máquina de muerte)- que permitía que los pacientes se autoadministraran los fármacos preparados por el médico en las dosis convenientes para terminar con sus vidas.

Kevorkian finalmente acabó en la cárcel, condenado por homicidio, porque se demostraron numerosas irregularidades graves en varios de los casos por él gestionados. Pero el concepto tuvo fortuna. El éxito viene porque parece que resuelve satisfactoriamente todas las críticas formuladas contra la eutanasia. De hecho son más los países que admiten el suicidio asistido frente a los que admiten la eutanasia.

Todo esto viene a cuento porque New Jersey se convirtió el pasado 1 de agosto en el séptimo estado de EE.UU. en legalizar el suicidio asistido. En junio Maine promulgó una ley semejante que, cuando entre en vigor, lo convertirá en el octavo. Y más cerca de nosotros, el Comité Nacional de Bioética de Italia publicó en julio un informe en el que, tras señalar la «evidente» diferencia entre eutanasia y suicidio asistido, parece decantarse por recomendar la legalización de esta práctica.

Ni existe diferencia entre ambas prácticas, ni las cosas deben ser tan fáciles porque dicho informe se aprobó con una ajustadísima votación (13 a 11). Más allá de todo eso, en mi opinión estamos incurriendo en una flagrante y peligrosa contradicción. Porque mientras convenimos que se debe priorizar la prevención del suicidio en la agenda global de salud pública y que la restricción del acceso a los medios utilizables para suicidarse es un elemento clave de la prevención del suicidio (OMS, 2014), abrimos las puertas al suicidio asistido, que no deja de ser un suicidio.

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