Hay escenas de animales enternecedoras. A veces, su mirada inocente y generosa se te clava en la conciencia. Y suelen darnos grandes ejemplos. Puede ser una exageración, pero hay un dicho que apunta que nuestros compañeros perfectos nunca tienen menos de cuatro patas. De sus comportamientos se pueden sacar lecciones magistrales. Corre por las redes un vídeo de un mono que vacila a dos tigres, aún ñoños. El primate, colgado de las ramas, juguetea con los dos aprendices de fieras. Les tira de las orejas; luego, del rabo, les da collejas y así un largo rato. Incluso se sienta delante de ellos y cuando piensan que lo tienen a su alcance, el simio, como si de un prestidigitador se tratase, se da el piro saltando a su refugio en el árbol. Los felinos intentan echarle el guante, pero el macaco, jugando al gato y al ratón, aburre a sus adversarios, que acaban derrotados y abandonan el juego como enfurruñados. En la escena, el mono derrocha inteligencia, destreza, aplomo, conocimiento de con quién se las está pelando, una agilidad brillante y, sin duda, muchas dosis humor y ganas de burlarse de dos individuos muy peligrosos, aunque en fase de formación. Como para aplaudirlo. Se le atribuye a Nietzsche la sentencia de que «los monos son demasiado buenos como para que el hombre pueda descender de ellos». Y en la actual situación de decepción generalizada, de tiempos decrépitos, donde campan las amenazas de Trump, la falta de sentido de Estado de los políticos, el racismo y los bombardeos a inocentes, no se sabe muy bien quiénes son los monos y quiénes los tigres. Definitivamente, las fieras han abandonado las selvas.