Morir en soledad

OPINIÓN

FUNDACIÓN DESCUBRE

Todo indica que la tecnificada sociedad de nuestros días es incapaz de entender lo que, por herencia de san Agustín, sabían y entendían nuestros antepasados: Sicut vita finis ita (igual que la vida, será su final). Los padres capuchinos que predicaban las misiones de Forcarei, usaban un dicho más popular, con fines ascéticos nada disimulados: Sicut vita ita mors (como vives, morirás). 

Frente al alarmismo que apuntan los noticiarios sobre las personas que mueren solas, nadie parece enterarse de que morimos solos porque vivimos solos. Y muy extraño intento me parece que, después de pasarnos la vida haciendo todo lo posible para acabar solos -en familias inexplicables, alejados de toda trascendencia, y planteando el final como un negro abismo que a lo más que nos puede conducir es a ser estrellitas, como los falangistas caídos «que hacen guardia junto a los luceros»-, acabemos con una muerte tan idílica y esperanzada como la que describió Manrique en las Coplas a la muerte de su padre: «Así, con tal entender, / todos sentidos humanos / conservados, / cercado de su mujer, / y de sus hijos y hermanos / y criados, / dio el alma a quien se la dio, / el cual la ponga en el cielo / y en su gloria, / y aunque la vida perdió, / dejónos harto consuelo / su memoria».

Tal como va nuestra sociedad -a la que respeto, pero no admiro-, todos los viejos morirán solos, bien sea en la soledad de sus casas, los afortunados, o amontonados en la compañía obligada de residencias, asilos y hospitales, que es una forma degradada de la fecunda soledad consentida. Porque ni las casas, ni la cultura, ni el laicismo activo, ni las prisas, ni el zumba-zumba de una sociedad que no sabe que sicut vita finis ita, permiten morir de otra manera. La clave explicativa de esta nueva forma de palmar, que, como diría la filósofa Carmen Calvo, «es lo que hay», está en la familia, que, a medida que se hace más diversa, heterogénea, efímera, reiterada, remexida y multiforme (con relaciones abiertas, matrimonios creativos, y cachiños desperdigados en distintos hogares, lenguas y religiones), se hace, en realidad, menos familia, hasta quedar incapacitada para atender lo que hoy podríamos llamar la monserga de la muerte.

Por eso propongo tres soluciones de urgencia: 1) Que la muerte en soledad deje de ser noticia, ya que es la lógica de los tiempos. 2) Que lo único que no es lógico, que es pudrirse en casa -porque no es ecológico-, se evite con una alarma chiripitifláutica, que avise a las autoridades cuando el muerto esté bien muerto, e indique el lugar exacto del derrumbe, y si hay (o no) una llave debajo del felpudo. Y 3) Que se penalice con diez años de cárcel esa terrible fake news que les dice a los niños que el abuelo ya es una estrellita rutilante, ya que cuanto antes se enteren de que pulvus es, et in pulverem reverteris (polvo eres y en polvo te convertirás) más modernos serán, y menos les extrañará que los mayores, como los pajaritos, aparezcan muertos en cualquier rincón.