Un análisis ontológico de la debacle

OPINIÓN

26 jul 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Es evidente que Iván Redondo, el gurú que embarcó a Sánchez en su dolorosa debacle, diseñó una estrategia inspirada en el famoso argumento ontológico de San Anselmo de Canterbury (siglos XI-XII), cuya prueba de la existencia de Dios se basaba en una pirueta metafísica, muy vistosa y atractiva, que establecía una relación esencial entre lo necesario y lo real. Todo lo que es necesario es real, decía Anselmo, y así le salía con tanta facilidad que un Dios perfecto y providente no podía no-existir.

Redondo le dijo lo mismo -con perdón del obispo de Canterbury- a Pedro Sánchez: «Si eres el único presidente posible, no puedes no-ser presidente». Y a Sánchez, que ya iba por el mundo como un pavo real, no le quedó ninguna duda de que, sin negociar nada de nada, y a base de poner a todo el mundo ante el vértigo del desgobierno, sería investido presidente por la necesidad metafísica de serlo.

Pasaré por alto la crítica que le hizo Kant al argumento ontológico de Anselmo, que hasta entonces había funcionado como el mate Pastor del racionalismo ontológico. Y tampoco glosaré el provocador rescate que hizo Hegel de la pirueta de Anselmo, hasta el punto de relacionarla con el despliegue dialéctico del Absoluto sobre la realidad y la historia. Y por eso me limitaré a decir que tanto Anselmo como Iván cayeron en el error de sustituir la premisa mayor de un silogismo en bárbara, por una voluntariosa elipsis -la que identifica necesidad y ser- que, dicho de forma irreverente, falseó el relato de Dios y el del presidente.

Así se explica que Redondo se olvidase de aplicarle a Iglesias el dicho de que «quien al gato encierra en tigre lo convierte». O que, al confundir la mutable contingencia del ente con la determinante estabilidad de la esencia -aquí habla Tomás de Aquino-, llegase a producir una quiebra ontológica irrecuperable en el devenir de los acontecimientos. Sánchez era un presidente necesario, pero no por eso era real. Porque el vacío de poder no es la nada, sino un caos existencial que tiene su propia entidad. De ese error salió la debacle de un presidente que -por su inoperancia, su engreimiento, su fachenda y su ambición enfermiza- bordeó el ridículo. Y ahí se reforzó mi convicción, tantas veces expresada, de que es mejor ir a unas nuevas elecciones, sin perder más tiempo en absurdas componendas, antes que volver a confundir la solución necesaria con la felicidad real.

En los encuentros parciales, Casado arrasó a Sánchez. Rufián le ganó a Iglesias, al que sus estrategas forzaron a hacer una oferta banal y extemporánea que le impidió remachar a Sánchez como era su lógico deseo. Laura Borràs, de JxCat, derrotó al PNV, que empieza a zozobrar en sus erráticos chalaneos. Y todos le ganaron a Santiago Abascal, que corre el riesgo de perderse en su propio laberinto. Yo, de momento, voy ganando. Porque siempre aposté por que Sánchez e Iglesias eran un dúo incongruente, rabioso e incompatible, que no pueden convivir -ni ellos ni sus partidos- en un Gobierno eficiente.