Las noches del verano


Del 16 de julio al 15 de agosto, de Virgen del Carmen marinera a Nuestra Señora de todas las advocaciones marianas, patronas ambas de la Galicia costera y de la que no tiene mar, late firme el corazón del verano, los días de la canícula, la estación cálida, en recuerdo y homenaje al can mayor de la estrella Sirio.

Llegan poblados de recuerdos porque los veranos son la infancia, el territorio de los días felices y de las noches mágicas que sembraban estrellas en el decorado nocturno del cielo.

Las noches de verano en Galicia son un casi indescriptible estado de ánimo próximo a lo que se entiende por catalogo de placeres sensitivos. La brisa amable, ese viento suave que de la tierra a la mar, o de la mar a la tierra, hace estación de estío cuando en el firmamento aparecen las primeras estrellas y el cielo juega a pintarse de colores que se hacen invisibles cuando se ocultan con el manto del paisaje anochecido.

Por San Lorenzo las noches del verano nos regala las Perseidas y un coro de estrellas fugaces llueven sobre la tierra festoneando el cielo de deseos incumplidos. Las más osadas, si miras desde la costa, se suicidan en la mar, y la luna traviesa y cómplice se ahoga en un vaso de gin tonic, que mira atento desde una mesa en la terraza de la plaza.

Las noches de los veranos son infinitamente amables, son una canción de verbena, un dejarse llevar por esa indolencia que es una reivindicación siempre pendiente. Las noches de verano desconocen el sentido de las mañanas soleadas, nada saben del orballo que trastoca los planes gozosos, no tienen que esperar que abra el día, porque ya ha doblado el ecuador de la jornada. Las noches de los veranos amparan las confidencias que traspasan las madrugadas, encubren el primer beso que nunca se olvida, y tararean las melodías que recordarás una vida entera.

Pero también son efímeras, huyen corriendo a refugiarse en el vecino otoño que cambia la brisa tenue, el aura, el céfiro de los estíos, por la ventolera que precede a las lluvias de octubre.

Y la mar, y el país de los mil ríos, se convierten en el baúl animado con los recuerdos de un verano, de todos los veranos que guardamos en el cofre de la memoria, nuestro particular país de las maravillas donde siempre fue agosto.

Las noches de verano, mis noches de verano, son la postal, la foto fija de los días en los que los sueños se fueron escribiendo, entre júbilos y frustraciones, cuando el joven que fuimos se estrenaba en su oficio de hombre. Tuvo que ser en una de esas noches de cualquier verano. Ya hace algunos agostos.

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