Ser investido es una cosa. Gobernar, otra


Sánchez ha sido hasta la fecha el único candidato a la investidura que aceptó el encargo del jefe del Estado para intentar convertirse en presidente sin contar ni de lejos con los apoyos parlamentarios necesarios para ello. Fue, en consecuencia, el único candidato propuesto que resultó derrotado por una amplia mayoría del Congreso tanto en primera como en segunda votación. Y, si nada cambia de hoy a la próxima semana, será el único que tropezará dos veces, bien en la misma negativa de la cámara (si la mayoría de aquella vuelve a votar en contra suya), bien en la misma investidura vacía, si finalmente saliese elegido presidente con los votos de Podemos y los votos o la abstención de los separatistas insurrectos y de algunos de quienes los apoyan.

La primera posibilidad parece hoy la más probable. Y es que aunque el presidente en funciones cuenta con las ya indisimuladas simpatías de las peores compañías políticas que en España podría tener hoy un demócrata cabal (las de Bildu y ERC), si finalmente Podemos sigue empeñado en ocupar ministerios y el presidente en funciones en todo lo contrario, no habrá investidura ni en la votación del día 23, ni en la segunda vuelta del día 25. Quedarán, entonces, por delante dos largos meses para intentar lo que, ¡sin que parezca preocuparle mayormente!, el presidente en funciones no ha logrado durante los casi tres transcurridos desde la celebración de las elecciones generales. ¡Para echarse a temblar!

No menos pavorosa es, sin embargo, la alternativa a ese sindiós, es decir, una nueva presidencia como la nacida de la moción de censura de 2018, en la que los votos a favor de Sánchez no lo fueron para construir una nueva mayoría sino solo para echar al presidente del Gobierno censurado.

La votación de investidura se concibe en cualquier sistema parlamentario como el acto jurídico y político formal a través del cual una mayoría de representantes nombran presidente y se compromete a apoyarlo para sacar adelante su programa durante el período de duración de la legislatura. Nada que ver con lo sucedido en la moción de censura, de la que surgió una mayoría que el fallecido Alfredo Rubalcaba calificó de Frankenstein (¡pobre Frankenstein, que culpa tendrá él!). Una no mayoría, en realidad, que nació tan débil y en precario, que no fue capaz de aguantar más que nueve meses y que nos condujo directamente al formidable embrollo en el que estamos.

Nada hay que permita suponer que una nueva mayoría fruto del sostén de Podemos y el separatismo fuera a ser más estable, leal y duradera que la surgida de la censura, lo que significa, para decirlo con toda claridad, que una cosa es que con los referidos apoyos pueda ser Sánchez elegido presidente del Gobierno y otra muy distinta que pueda gobernar. El debate en el que llevamos meses enfangados es el primero, cuando el que de verdad le importa a España entera es el segundo.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
41 votos
Comentarios

Ser investido es una cosa. Gobernar, otra