Mirar hacia otro lado


No es la primera vez que escribo sobre este tema y me temo que no será la última. Confieso que me amarga la poca humanidad que demostramos pero, sobre todo, la poca inteligencia y eficacia. Cierto que no podemos acogerlos a todos y que tampoco podemos permitir que se vulneren las leyes que nos garantizan nuestros derechos, pero nunca en la historia ha habido tantos refugiados e inmigrantes ilegales en el mundo y nunca nos han resultado tan indiferentes como ahora. Estos días las noticias que nos llegan son tan impactantes que resulta incomprensible la pasividad, por no decir incompetencia, que muestran los gobiernos, la UE y la ONU para poner en marcha soluciones que no conlleven la construcción de campamentos o las devoluciones en caliente, o sea, atajar el problema en su raíz, en los países de origen con programas eficaces para la pacificación, reconstrucción y creación de empleo.

Son miles de historias cada día, basta mencionar los 44 muertos en un centro de detención de inmigrantes ilegales en Trípoli bombardeado, aún no se sabe a ciencia cierta por quién, a pesar de que se acusa al insurrecto general Haftar de ello. Sin olvidar a los inmigrantes que fueron tiroteados por los guardias cuando intentaron huir del lugar. También hay que recordar al inmigrante ilegal fallecido al caer sobre una casa en Londres tras abrirse el tren de aterrizaje del avión en el que se había colado como polizón. ¿Y cómo no acordarse de la pequeña salvadoreña Valeria, de 2 años, ahogada junto a su padre en el Río Bravo en México, o de la capitana alemana Carola Rackete, detenida al atracar en Italia por romper el bloqueo de una patrullera de la policía de fronteras de ese país tras aguardar más de dos semanas para desembarcar a unos inmigrantes que había rescatado en el mar?

¿Hasta cuándo seguiremos mirando hacia otro lado?

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