Rivera, con Sánchez sí


Ciudadanos nació en casa de Pasqual Maragall. Durante toda la primavera del 2005, un grupo de intelectuales de izquierdas vinculados al PSC se reunieron con el entonces president de la Generalitat, y cuando constataron, incrédulos, que lejos de darle la vuelta al calcetín a veinte años de hegemonía pujolista, el camino elegido era más nacionalismo, decidieron irse y montar su propio partido. Burguesía catalana ilustrada. Gente más o menos conocida en los círculos intelectuales de la progresía crítica con el régimen de Pujol: Boadella, Félix de Azúa, Arcadi Espada, Francesc de Carreras, Félix Ovejero. El líder elegido para ponerle rostro al partido fue un joven desconocido de 26 años. Y el criterio fue muy sencillo: por orden alfabético, para evitar las primeras guerras internas.

Albert Rivera destacó muy pronto porque de chaval había sido campeón nacional de oratoria. Uno de aquellos padres fundadores, el escritor Ramón de España, empezó a sospechar que todo iba mal cuando Rivera confesó en una entrevista que no leía un libro ni por equivocación, y que su músico favorito era Alejandro Sanz.

La supuesta endeblez intelectual del líder jamás ha sido un lastre para Ciudadanos. Y fichajes robados al PSOE con una altísima formación como Garicano o Roldán hacían de contrapeso. Ahora ha llegado el momento de la verdad para Ciudadanos, porque tanto aquellos padres fundadores como los últimos fichajes están abandonando el barco o criticando en público al gran líder.

Rivera sigue soñando con hacerle el sorpasso al PP de Casado, que aún tiene un calendario judicial diabólico por delante. Pero la corriente de pensamiento dominante es que se está cargando el partido para siempre. Y de paso, una oportunidad de oro para España.

La incompatibilidad personal entre Rivera y Sánchez no puede ser motivo para cometer un error histórico. España tiene la ocasión de conformar un gobierno estable, moderno, que se ocupe de los problemas de la mayoría del país. Que por fin gobierne cuatro años y alcance pactos para afrontar los retos del mundo actual: institucionales, demográficos, medioambientales, los desafíos educativos, la incertidumbre sobre el modelo económico (¿a qué nos dedicaremos dentro de quince años?),…

La alternativa es peor. También para Galicia. La alternativa es un gobierno Frankenstein 2, en el que para aprobar unos presupuestos, Sánchez tendría que contentar a ERC, Bildu, valencianos, cántabros, canarios… Un galimatías en el que todos saldremos perdiendo. Hay un plan C: elecciones que pueden arreglar todo o estropearlo de nuevo. Contra todo pronóstico, España es hoy el país más estable de Europa y no deberíamos dejar pasar este tren.

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