La arrogancia británica


Lo bueno que tienen las primarias en las formaciones políticas de los países democráticos serios es que son impredecibles, porque casi siempre hay un tapado que al final se lleva el gato al agua. En las elecciones para liderar el partido conservador británico esto no se ha dado. Desde la primera votación, Boris Johnson ha cobrado notable ventaja. Pero esto no quiere decir que haya fumata blanca. La última votación arrojó nuevamente una victoria de Johnson, con 162 votos, seguido de Jeremy Hunt con 77 y de Michael Gove con 75. Johnson y Hunt se disputarán el liderazgo del partido y del Gobierno en Reino Unido. La elección de los diez aspirantes se ha llevado a cabo entre los diputados conservadores en Westminster hasta que han quedado dos, y después de este proceso serán los militantes del partido, no solo los diputados, los que decidan quién les va a liderar y, consecuentemente, quién será el sucesor de Theresa May como primer ministro.

De los dos candidatos que han sobrevivido, el que más conviene a la Unión Europea es Hunt, actual ministro de Asuntos Exteriores, partidario de un brexit moderado y sucesor de Johnson en las negociaciones con Europa. Si gana Johnson, sería un quebradero de cabeza para los negociadores comunitarios y una calamidad para su país. Johnson es la arrogancia británica en su vertiente más negativa: promete a los británicos un futuro glorioso pero es mentiroso y roza el ridículo. Un pirata que no se atiene a reglas ni a convencionalismos, cuya bandera es él mismo. Por estos lares, algo de eso sabemos por experiencia. Johnson es el hombre de Donald Trump en Europa y ya sabemos cómo se las gasta Trump en materia de libre comercio con la UE. No quiso saber nada del Tratado de Libre Comercio, por eso rompió las negociaciones.

La UE no se debe andar con remilgos frente a la arrogancia británica exhibida hasta ahora, sobre todo si gana Johnson y escoge la línea dura. En la UE hay unanimidad entre los 27 para que la indecisión británica termine. Durante más de dos años los británicos nos han estado chuleando. El Reino Unido ha tratado de dividir y gobernar, evitando a la Comisión Europea, ha enfrentado a unos estados contra otros, ha exigido privilegios y ha chantajeado con la frontera irlandesa para evitar la violencia sectaria. Demasiada paciencia ha tenido la Unión. El Gobierno británico se ha engañado a sí mismo y también a la UE durante este tiempo. Más Europa supone ceder, negociar, pero los británicos no han seguido las reglas. Si quieren brexit duro a partir de octubre, adelante. Pero primero que pongan sobre la mesa los 40.000 millones que nos deben. Y después, si quieren caldo, pues toma caldo, pero no una, sino siete tazas.

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