Ada Colau, la peor alcaldesa de España, populista los días pares e independentista los impares, no se había enterado, hasta ayer, que a muchos políticos les insultan, les pintan las paredes de su casa y les hacen escraches a favor de los okupas. Tampoco sabía que a Inés Arrimadas le han llamado durante años las mismas dulzuras que le dijeron a ella al final del aquelarre que le entregó a ella el desgobierno de Barcelona que tanto ansiaba Maragall. Era tan buena, la pobre, que al verse insultada como todo el mundo -especialmente en Barcelona- se echó a llorar como una Magdalena, a punto -¡casi!- de dejar la política. ¡Me dio una pena…!
Manuel Valls, que entró en Ciudadanos sin entrar, que tomó decisiones autónomas sin ningún sentido, que puso a Colau en el sillón pero que no le puede ni quiere ayudar a gobernar, y que aún no sabe que ha fracasado absolutamente en su intento de ser aclamado como alcalde de la ciudad en la que nació, tampoco se había enterado de que las cabras siempre tiran al monte y los independentistas a los lazos amarillos, y por eso se siente estupefacto ante el período de caos que con sus ínclitos votos se acaba de inaugurar en Barcelona.
Ábalos, el más listo del PSOE, tampoco sabe que las democracias parlamentarias no se pueden gobernar sin lo que él llama «ataduras», y que la base del negocio es disponer de una mayoría suficiente en las cámaras. Y menos se entera aún de que esa mayoría suficiente pone límites, tiene costes, modifica planes y mete el jaleo electoral dentro de los palacios del poder. Por eso cree que con 123 amiguetes ya es suficiente, y que el próximo plan de Sánchez es adornar el escudo de España con la célebre leyenda «Dejadme sólo, que esto lo arreglo yo».
Rivera, la gran revelación de este tiempo de caos, tampoco se está enterado de que «los amigos de mis amigos, amigos míos son», ni de que los que pactan con los que yo pacto, conmigo pactan también. Por eso va de inocente, mirando para onte, y haciendo puritanas mayorías sin pensar ni creer en la existencia de Vox.
Iglesias tampoco se había enterado de que, cuando hablaba del capitalismo depredador, y elevaba a categoría de virtud el vivir en Vallecas, se estaba haciendo trampas a sí mismo. Tampoco se había enterado de que los pactos y negociaciones, que antes quería televisar, hay que hacerlos ahora «con mucha discreción». Y ni siquiera se imaginó que toda la simpatía y la solidaridad de la izquierda, con la que iba a cambiar el mundo y el Sistema Solar, se iban a convertir en pura chanza tan pronto como mendigase el primer ministerio.
Marchena no se había enterado de que si daba permiso a Junqueras para tomar posesión como diputado, también se lo iban a pedir -porque es la misma jugada- para ir al Parlamento europeo. Casado no sabía que Vox iba a pedir el pastel con crema que se ganó en las urnas y los pactos. Y yo no me había enterado de que aquí nadie se entera de nada. Porque ningún español se quiere enterar de que todos los españoles somos así.