El juicio no hizo más que empezar

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

Tendremos que esperar probablemente a septiembre para conocer la sentencia. Y permítanme el fácil pronóstico, pero es imprevisible. El tribunal no entrará al trapo que le tendieron los defensores y los procesados de redactar una sentencia política o condicionada por las repercusiones políticas. Los magistrados se limitarán a considerar si hubo delito o no y si hubo delito, si ha sido rebelión, si ha sido sedición o si, como entienden las defensas, los sucesos juzgados fueron simple desobediencia. La diferencia es abismal: para la rebelión el Código Penal prevé penas que pueden llegar a los 25 años de cárcel; para la desobediencia, la pena prevista oscila entre los tres meses y un año como máximo.

En cuanto al desarrollo del juicio, para un extranjero que no haya seguido los sucesos esto es una cuestión de fe en el sentido que decía el catecismo del Padre Astete: creer lo que no vimos. Si cree sin más a los fiscales, llegará a la conclusión de que todo ha sido, efectivamente, un alzamiento insurreccional preparado al modo en que actúan las organizaciones criminales. Pero, si cree a las defensas, pensará que todo ha sido una mala casualidad de inevitables incidentes callejeros exagerados y abultados de forma interesada por el ministerio fiscal. Y si ese extranjero es sensiblero, verá a los procesados como víctimas de un Estado injusto que no permite ejercer sus derechos a esa pobre gente. Felizmente, los jueces no vienen de otro país, saben lo ocurrido y conocen la ley.

Por eso el verdadero juicio empieza ahora y empieza en la soledad de los magistrados, sobre todo del redactor Marchena, ante las pruebas y el medio millar de testimonios que escucharon. Y hay algo inquietante: la intención del independentismo de utilizar la sentencia para una nueva ofensiva contra el Estado. Los procesados no expresaron la menor señal de arrepentimiento. Al pedir al Tribunal Supremo un retorno de la pelota a la política, están reclamando negociar el referendo, porque otra posibilidad no es contemplada. Su ejercicio de victimismo es el soporte ideológico del nuevo procés que inevitablemente ha de surgir, aunque sea con otros líderes.

E insisto en lo que vengo anotando: Torra, el presidente, quiere encabezar la nueva rebelión. Es más: estaría encantado de ser el nuevo mártir de la causa. Torra hizo su enésima declaración institucional -formato inventado para no someterse a preguntas- y la hizo para agitar a la parroquia y, como se diría en lenguaje militar, ponerla en prevengan. Hay que seguir sus palabras y sus gestos, porque el apreteu se puede quedar pequeño. La sentencia será la disculpa. Y por cierto: la judicialización del procés ha sido el único período sin agitación.