Humor y libertad de expresión


Cuando uno pasea por la Octava Avenida de Nueva York tiene la posibilidad de ver la céntrica sede del periódico The New York Times, un rascacielos diseñado por el arquitecto italiano Renzo Piano. Delante de este imponente edificio, uno siente un gran estremecimiento ante el gran poder de un medio de comunicación que es referencia en todo el mundo. Es un sentimiento parecido al que experimenté el martes cuando leí el comunicado del director editorial del rotativo norteamericano, James Bennet, en el que anunciaba que la edición internacional del Times no volvería a publicar caricaturas políticas.

La versión oficial es que quieren alinear la versión internacional con la estadounidense, que, vaya usted a saber por qué, hace tiempo que no publica viñetas humorísticas; pero la realidad es que la decisión la provocó una viñeta del dibujante portugués António Moreira Antunes, que ha sido tachada de antisemita, en la que se representaba a Donald Trump paseando a un perro con la cabeza de Benjamin Netanyahu.

Son ya demasiados los casos polémicos en los cuales se ha visto involucrado el humor, en todas sus vertientes. Caricaturistas encarcelados por realizar su trabajo como el turco Musa Kart, dibujantes americanos despedidos porque sus editores sentían que su trabajo era demasiado crítico con Trump, atentados como los cometidos contra la revista Charlie Hebdo, publicaciones censuradas, humoristas que pasan por los juzgados, etc...

Todo esto sucede en un contexto lleno de cambios muy profundos y rápidos a nivel global, y en un ambiente de ultracorrección política y moralismo. Un contexto muy complejo, ligado a cambios sociales provocados en parte por las redes sociales, y que afectan a ámbitos tan diferentes como el arte, la política, el periodismo o las relaciones entre las personas.

Antiguamente, cuando los mineros bajaban a la mina, se acompañaban de un canario metido en una pequeña jaula. La razón era que estas aves detectaban mucho antes que los humanos las altas concentraciones de monóxido de carbono. Cuando el minero detectaba que el canario yacía muerto en la jaula, sabía que tenía que salir de allí inmediatamente porque el CO es altamente tóxico y provoca la muerte. Me viene a la mente este caso porque tengo la sensación de que los humoristas gráficos son como esos canarios de las minas. Son los primeros en sufrir los efectos de algo que acabará afectando a todos.

No tengo espacio para explicar la gran importancia que el humor gráfico ha tenido en la historia de la prensa escrita, pero sí para recordar que el trabajo del humorista ha sido siempre explorar y moverse por espacios delicados a través de la crítica, y que su salud ha sido siempre proporcional a la libertad de expresión.

Por David Pintor Dibujante de Pinto & Chinto

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