Como no queremos hablar de la conveniencia y racionalidad de la prueba, ni de la influencia que sobre ella tienen las enseñanzas concertadas y públicas, pues abrimos el melón de darle un vuelco al ámbito de la selectividad. O como se llame ahora. Y lo hacemos por una razón tan de peso como es la protesta de alumnos valencianos por un examen de Matemáticas II, en el que los gallegos habrían obtenido un 10, a decir del profesorado a este periódico. El descontento de los alumnos con los cuestionarios de los exámenes viene de tiempos de Abderramán III. Es un clásico, como lo es que la clase política entre directamente, en función de sus programas, ofertas y necesidades, y sin contar con la comunidad educativa, en asuntos que mayormente le resultan desconocidos. Así está la cosa. Y como no aprendemos, nuevamente se aborda la necesidad de una selectividad única o por comunidades. Viejo asunto y con difícil solución.
Porque primero transferimos las competencias educativas, después las comunidades deciden sobre los programas y más tarde, olvidándonos de todo esto, queremos hacer la prueba de carácter estatal para «garantizar la equidad» y para acabar con 17 sistemas universitarios distintos, que instauraron los mismos que ahora reniegan de ellos.
No escarmentamos con lo de la LODE, LOGSE, LOE y LOMCE y seguimos reformando las reformas, para dejarlo peor de lo que está. Y si realmente se pretende abordar la selectividad, quizás lo más indicado sea buscar otra forma de evaluación del alumno. Hoy disponemos de medios más que sobrados para hacerlo con equidad y justicia, evitando las desigualdades. Porque no parece muy razonable que después de 15 años o más de estudio se lo tengan que jugar todo en tres maratonianos días de exámenes. Porque lo mismo les coinciden esos días con un retortijón de barriga y allá se les va la vida universitaria.