Abajo los monopolios


A pesar de las reglas que rigen la competencia el mercado no solo recompensa a las empresas que mejor compiten, sino que facilita un dominio cada vez más absoluto de unas empresas sobre otras, restringiendo la concurrencia, recortando la libertad de los consumidores y permitiendo a las empresas monopolísticas extraer rentas a nuestra costa. La concentración de poder tiene innumerables consecuencias altamente perjudiciales para una sociedad. Los últimos datos del libro publicado por Jonathan Tepper, The mith of capitalism: monopolies and the death of competition, denuncia la concentración de dos tercios de las industrias norteamericanas en manos de un puñado de compañías.

 Los datos demuestran dos realidades. La primera es que el número de fusiones y adquisiciones empresariales se encuentran en máximos históricos. La segunda hace mención del fenómeno de la financiarización, que es amplio e intenso, con lo que los fondos de inversiones, de pensiones, sociedades financieras, etcétera controlan la mayor parte de las actividades sectoriales. Ello es producto de que las medidas antimonopolio están en mínimos históricos, consecuencia del caso omiso que se hace a los organismos reguladores en estas situaciones.

El fenómeno actual es el soñado por el neoliberalismo. Es decir, cuando triunfan las tesis de Milton Friedman, el de la escuela de Chicago, que creó todo un aparato intelectual alrededor de la maximización del valor para el accionista, catalizando todas las acciones de cara a alimentar directamente las dinámicas globalizadoras y de externalización de la producción a lugares menos costosos en lo referente a la producción y distribución. A partir de estos principios, se constata un amplio crecimiento de la influencia del capital de inversión y de unas medidas desreguladoras, que dieron pie a permitir los monopolios, con el argumento de que con ello se logra una mayor eficiencia. La realidad actual, sin embargo, muestra que las empresas no bajan sus precios cuando los costes lo permiten, sino que desplazan a sus proveedores tradicionales por un competidor menos caro; se legitiman los paraísos fiscales; y con su poder económico, las grandes corporaciones son capaces de torcer, en su favor, a sus competidores más humildes.

Los recientes libros de J.Tepper y de M.Mazucato (El valor de las cosas: quien produce y quien gana en la economía global) ponen de manifiesto la necesidad de regular al regulador. Llevamos varias décadas de fusiones y adquisiciones de empresas. Ahora tenemos un problema grave, hemos permitido auténticos duopolios y monopolios encubiertos, sin que los reguladores digan nada. Por eso sería necesario terminar con la creciente desigualdad y proceder a deshacer los monopolios a través de un nuevo reparto del poder económico.

Ha quedado muy claro que no vale el discurso de las sinergias empresariales, si con ello no corregimos los encarecimientos generalizados de los precios y servicios después de muchas fusiones. Tampoco ha valido acudir a la búsqueda de la eficiencia, si con ello estamos admitiendo una acumulación de poder de las nuevas corporaciones que no hacen más que imponer salarios y cláusulas abusivas para los trabajadores y consumidores. De ahí mi corolario.

Ahora que se puede, controlemos los monopolios y corrijamos las actuaciones de los organismos reguladores que se comportan como un instrumento de los monopolios (y no como guardianes de la transparencia y de la leal competencia) y como falsos amortiguadores de los abusos del capitalismo, como apuntó en su día H. Minsky.

Por Fernando González Laxe Ex presidente de la Xunta de Galicia

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