Everest

Coincidiendo con el 66 aniversario de la primera escalada a la cima del mundo, nos enteramos que ahora es un atasco en el que han muerto este año once personas


En 1953, cuando Edmund Hillary ascendió a la cumbre del Everest, Katmandú era realmente un lugar aislado del mundo. Ninguna carretera lo comunicaba con el exterior, así que los pocos vehículos de motor que circulaban por su calles habían sido traídos a hombros desde la India por una muchedumbre de sufridos porteadores a través de las montañas del Himalaya. James Morris, el periodista que fue a cubrir para The Times el histórico ascenso de Hillary, vio cómo un centenar de personas cargaban un gigantesco Rolls-Royce sin ruedas por uno de los terroríficos desfiladeros de las montañas más altas del mundo, una hazaña que a mí se me antoja más épica que la escalada del propio Hillary. En Katmandú había toque de queda. Morris cuenta que la contraseña para poder andar por la calle se difundía cada noche por medio de papeles escritos en caligrafías imposibles, que se pasaban de mano en mano, sin que estuviese claro si eran de ese día o de cualquier otro anterior, con lo que el noctámbulo tenía que ir con un fajo de notas arrugadas, y, cuando se encontraba con una patrulla de soldados nepalíes, debía dedicar un buen rato a ver si acertaba el santo y seña. Los serpas a los que contrató Morris para que le ayudasen a subir no querían billetes, solo moneda, con lo que tuvo que pagar a dos hombres un extra para que cargasen con un cofre donde estaba el sueldo de los demás -«un arreglo que sospecho que desafiaba todas las leyes de la economía».

Todo ha cambiado mucho desde entonces. Katmandú está lleno de coches, además de tiendas de montañismo y oficinas de oenegés. Nepal ha cambiado también: ya no es una monarquía congelada en el tiempo sino una especie de república caótica. Incluso James Morris ha cambiado mucho: desde hace décadas es una mujer, tras una operación de cambio de sexo en los años setenta. Ahora se llama Jan Morris y es sin duda la mejor escritora de viajes viva.

Se conmemoraba esta semana el sexagésimo sexto aniversario de aquella primera escalada de Hillary y Tenzing, y así nos enteramos de que ahora el Everest es un atasco en el que hay cola para subir a hacerse un selfi, como si se tratase de una atracción de feria. Viendo la fila, me acordé de Kami Rita, un serpa que ha subido más de veinte veces a la cima por razones de trabajo y no le da mayor importancia. El problema es que los escaladores tienen solo unas horas en la fase final de la escalada antes de que se les produzca un edema pulmonar y los atascos han causado este año once muertos. Quienes han subido cuentan que, mientras uno asciende, en las laderas puedes ver los restos de muchas de las cerca de doscientas personas que han muerto subiendo o bajando a lo largo de las décadas. Nadie se molesta en retirarlos porque sería correr un riesgo innecesario. De hecho, los montañeros dicen que les sirve para saber que van por el buen camino.

El Himalaya es, por supuesto, una consecuencia del choque de la India contra Asia. Sus materiales vienen de un antiguo mar -cerca de la cima se han visto fósiles marinos-, y sigue levantándose todavía, a razón de un centímetro por año. Así que la cumbre está cada vez más lejos, aunque esto sea imperceptible para el ser humano, cuya existencia es tan breve, que una montaña le parece algo eterno. No lo es.

A pesar de la vulgaridad de las colas, entiendo la fascinación por subir allí, y, por otra parte, me conmueve la inutilidad de ese gesto. Quizás, eso es, en el fondo, lo que atrae a los montañeros a ese lugar en el que, como en un oficio de tinieblas, uno asciende entre esqueletos hacia el cielo: esa intuición de la mortalidad y la eternidad.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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