En el 2014 cubrí mis primeras elecciones europeas, segura de que serían también las últimas. Una legislatura de cinco años da para mucho. Para ver cómo «casi» se desmorona Schengen con la desastrosa gestión de la crisis migratoria, para vivir al borde del infarto por la «casi» ruptura del euro durante la crisis griega o para asistir al primer «casi» divorcio de la UE. Han sido cinco años de aguantar la respiración y cruzar los dedos en Bruselas. Exhausta y algo desmoralizada, la UE siempre ha sabido resistir y reponerse de sus crisis. De las emboscadas tendidas desde fuera y también de las que se han urdido dentro. La del 26M ha sido otra de esas victoria pírricas que nos ha quitado el aliento, un triunfo sufrido frente a los fantasmas de nuestro propio pasado. Eurófobos y ultraderechistas movilizaron a sus huestes con mensajes apocalípticos, empuñando el miedo, culpando al extranjero de nuestras adversidades y desempolvando trasnochadas tradiciones para resistir al multiculturalismo. «Casi» convierten la jornada en un día negro. Pero la UE resistió. Y no lo hizo gracias a las chapitas del «esta vez voto» ni a una repentina fiebre euroentusiasta. Sospecho que tiene más que ver con el sentido práctico de los ciudadanos: la UE se puede reformar, pero no le interesa a nadie destruir sus lazos, diques de contención frente a los apetitos nacionalistas, que siempre han desembocado en guerras.
Siendo honesta, la UE me sigue pareciendo un mastodonte burocrático donde conviven desde hace muchos años algunos funcionarios apesebrados y altos cargos en busca de un retiro político de oro. Y eso se nota cuando se les oye disertar sobre la crisis existencial de la Unión. Se arrogan el mérito de traer la «paz» y «prosperidad» -innegables-, a la UE, como si los logros del pasado pudieran colmar las necesidades del futuro. Reprochan la falta de compromiso de los jóvenes, pero se niegan a ceder el testigo. Hay un problema de relevo generacional y de peligrosa autocomplacencia. No se puede pedir a los europeos que defiendan un proyecto que en la última década ha sido incapaz de generarles más bienestar con la única promesa de vivir más seguros. La frustración está justificada y hasta que no se aborden sus causas, no habrá libro de historia que frene a eurófobos y ultraderechistas. Estuvo acertado el socialdemócrata Frans Timmermans al señalar la noche electoral que la UE debe ser «dinámica», no puede caer en la trampa de perpetuar el statu quo. Si lo hace, seguirá languideciendo hasta la inanición.
La arquitectura de la UE está anquilosada, no cabe duda, pero no hay que olvidar la responsabilidad de los partidos políticos y los gobiernos europeos en el auge de los extremistas. Es deshonesto movilizar el voto con el pretexto de parar a la ultraderecha y traicionar a la primera de cambio tus principios para gobernar a cualquier precio. Eso vale para los conservadores y también para quienes, como Ciudadanos o el Partido Popular danés, se han puesto el disfraz de liberales y han acabado blanqueando a los extremistas.
Ojalá los nuevos representantes entiendan que se puede ser crítico sin ser eurófobo. Que se pueden reconocer los éxitos de la Unión sin desconectarse de la realidad de los europeos. Ojalá esta legislatura no sea la última para la UE y que nos podamos sobreponer a otros cinco años de «casi, pero no». Para lo bueno y para lo malo, yo firmo por otros 40 años más.