El estrés del «streaming»


El confort de ver series y películas en streaming está contribuyendo a hacer realidad los mejores sueños de la reina del orden Marie Kondo, y no solo porque sus lecciones se hayan convertido en una de las series del año en Netflix. La estrella de férrea disciplina, que ensalza las ventajas de tener un máximo de treinta libros en cada hogar, disfrutará al comprobar cómo están contribuyendo las plataformas a adelgazar las estanterías domésticas en las que antiguamente se amontonaban cintas de vídeo y DVD. La reproducción de contenidos directamente desde Internet ha liberado a muchos del afán de acumular posesiones, sustituido ahora por el deseo de sumar suscripciones.

Esa armonía minimalista de quien ha renunciado al formato físico ve su paz amenazada por la ansiedad que genera la dependencia tecnológica. En Estados Unidos, casi la mitad de los usuarios padecen en silencio su frustración por el número creciente de servicios audiovisuales en línea y la imposibilidad de suscribirse a todo para tener a mano los títulos más apetecibles. Estudios de neurociencia impulsados por Ericsson y Vodafone demuestran que un solo segundo de retardo en el streaming nos acelera el pulso de forma extraordinaria. Hemos depositado en el flujo de gigas una confianza tan elevada que cualquier fallo puede provocar niveles de estrés estratosféricos.

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