El cuatrienio embrollado

OPINIÓN

27 may 2019 . Actualizado a las 03:18 h.

En los cuatro años transcurridos desde las municipales del 2015, los españoles hemos ido a las urnas entre cinco y siete veces, dependiendo en cada comunidad de las fechas establecidas para las elecciones autonómicas. Si a eso añadimos que la situación política actual es más confusa y lábil que la del 24 de mayo del 2015, cuando el multipartidismo populista cambió la fisonomía institucional del Estado, me parece buena idea recuperar la tan española tradición de bautizar ciertos períodos cruciales de la historia -el bienio progresista, el trienio liberal, el sexenio revolucionario, la década ominosa- para nombrar estos cuatro años por su característica esencial: el cuatrienio embrollado. Aún me niego a llamarle cuatrienio perdido -que algunos ya usan-, porque nos falta perspectiva histórica. Pero todo apunta a que acabamos de cerrar un período abstruso, al que ya le debemos el reblandecimiento del sistema, el relativismo legal, la ineficiencia gestora ligada al chalaneo permanente, y la disminución del potencial de coalición de los partidos sistémicos. Y eso quiere decir que, aunque el Estado dista mucho de estar en riesgo, nunca tuvo, desde 1977, tantas grietas como ahora.

En términos generales el PSOE ha ganado estas elecciones, pero para poner en práctica su limitado poder tendrá que seguir coqueteando peligrosamente con el populismo podemita, con el independentismo, y con modelos de coalición que lo arrastran a posiciones filopopulistas, muy peligrosas para su propia identidad partidaria.

El PP, que ha perdido las elecciones frente a un PSOE en estado de gracia, obtuvo ayer dos triunfos de etapa: el de haber resistido mucho mejor de lo esperado, aunque pierda algún poder; y el de haber ganado con autoridad la batalla interna -feroz y sin tregua- que se está librando entre las tres derechas. En Galicia, especialmente, el PP de Feijoo ha resistido muy bien, sigue siendo el partido ganador en votos -a pesar del anómalo descalabro de Vigo- y en concellos, y solo pierde -relativamente- la batalla urbana, donde las alcaldías multipartido de toda la izquierda deslucen -a veces de forma muy injusta- sus resultados reales.

Los buenos resultados del independentismo siguen siendo una pésima noticia, ya que su capacidad de chantaje emocional y real sigue aumentando, hasta hacer muy difícil evitar que sus caprichosos vareos al Estado queden perfectamente convalidados por sus contundentes resultados electorales.

Especial importancia tiene la batalla de Madrid, donde las derechas podrían apear de la alcaldía a Carmena y herir de muerte a Errejón. En cambio Gabilondo (PSOE) podría no tener a su alcance la posibilidad de exhibir en la Puerta del Sol su tristeza estructural y su idealismo endémico.

En Europa, finalmente, donde gobernar la UE sigue siendo posible, aumenta de forma preocupante el bullicio y la disgregación parlamentaria, que, complicada por la deriva del brexit, pueden darnos muchos quebraderos de cabeza hasta 2024.