El perro de la cultura


Los políticos siempre se han acercado a la cultura como los laceros a un perro abandonado: con cautela, no vaya a ser que muerda. Y la cultura, según el color de los políticos, los recibe con la alegría de quien salta la valla -la del Rocío, no la de Melilla- y asiste a las cuchipandas de la bodeguilla -o de marina Hemingway- o expresa la coqueta indignación del no a la guerra. A la idea de que la cultura es de izquierdas sin duda ha contribuido Pepe Solís, el simpático ministro de Franco que gritaba «menos cultura y más deporte», o Göring, que dicen que decía «cuando oigo la palabra cultura, saco mi pistola». Y entretanto los escritores, a veces, se sienten los elegidos, como quien entra en el reservado del Pachá, y emiten comunicados de los abajo firmantes, cosa que no hacen por ejemplo los anticuarios o los del comercio de ultramarinos. Yo ahora ya no creo que la cultura deba ser un arma cargada de futuro, sino un orvallo que lo empapa todo. Un país culto es un país imparable e incontenible, imbatible. Un político debe ser culto de antes, debe leer, escuchar a Britten -interpretado, por ejemplo, por Rogelio Groba-, colgar en su casa fotografías de Vari o de Vilariño, haberse leído la Saga/fuga, la Mazurca, el Simbad y haber visto el Verdugo de Berlanga. La política, en fin, no debe de ser el atracador que le espera de noche a la vuelta de la esquina, sino el bagaje que trae en la maleta. La primera política cultural de un alcalde es ir al cine y leer a Yolanda Castaño y a Domingo Villar. O eso creo.

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