Vivir de hotel


Como esta columna sale los sábados, me ha tocado escribir muchas veces en vísperas electorales. Repito casi siempre la misma idea: que no pasa nada por perder y que la peor reacción consiste en intentar ganar de otra manera, en la calle, como si los vencedores hubieran sido votados por hordas ignorantes que no saben lo que votan, sólo porque no votan a los nuestros. Chesterton decía, hablando de su país: «Nuestro sistema convierte a una multitud de hombres, que podían ser imparciales, en partidarios irracionales. Enseña a algunos hombres a decir mentiras y enseña a todos los demás a creerlas».

Ese partidismo irracional es muy romántico y muy identitario. Decía anteayer Francis Fukuyama, el mismo ensayista que decretó con tan poco acierto el final de la Historia, que la política de hoy se articula en torno a la identidad. No sé, le parecerá un descubrimiento. La política y la cultura siempre reflejan de algún modo la idea que una comunidad tiene de sí misma. Pero mucha gente corriente percibe que la idea que tienen de sí mismos se rechaza en la cultura y en la política. De ahí el resurgir, como reacción, de los populismos, que se nutren siempre de una cierta irracionalidad romántica, sentimental, difícil de reducir a términos meramente lógicos.

Los hoteles están bien para un ratito, pero no para vivir en ellos. Por eso las cadenas tienden a clonarlos: para intentar que el viajero se sienta como en casa esté donde esté. El globalismo cosmopolita de las elites, con su moral de identidades deslizantes, se parece a un hotel porque subraya el sentido de no pertenencia. Pero las personas preferimos una vida decorada a nuestro gusto. Que nos dejen ser en paz.

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