Las pantomimas


Desde que en septiembre de 1960 John F. Kennedy le ganó a Richard Nixon el primer debate televisado de la historia, los encuentros televisivos de los candidatos están resultando casi decisivos. Frente a un Nixon incómodo por las cámaras y sin maquillaje se alzó un Kennedy acicalado, moreno, sonriente y vestido impecablemente. Y los sesenta millones de espectadores repararon poco o nada en lo que uno y otro dijeron y mucho en el aspecto y en el lenguaje corporal de los contendientes.

Resulta fácil entender el impacto que este primer debate tuvo en la sociedad. También que quienes lo siguieron por radio diesen vencedor a Nixon. Todo tiene su lógica si volvemos a aquellos años en los que la cultura de la imagen daba sus primeros pasos. Pero que más de seis décadas después un par de debates electorales puedan ser decisivos en unas elecciones resulta, cuando menos, preocupante.

Porque, aun aceptando la importancia de este tipo de encuentros, a estas alturas de la vida no pueden resultar determinantes, como apuntan estudiosos y encuestas, para casi un 36 % del electorado. Es incomprensible que hoy alguien pueda depositar su voto en función de si uno sonríe más que otro, o lleva torcido el nudo de la corbata.

Deberíamos de ser suficientemente maduros -políticamente, claro- para haber aprendido que los debates electorales no son más que una representación teatral. Son como los monólogos de Eva Hache o Luis Piedrahíta, dicho con todo el respeto para estos profesionales. Cada uno sabe de antemano lo que va a decir, cuándo lo va a decir y de qué forma lo va a decir. Da igual lo que argumente el adversario. Los protagonistas llevan su intervención guionizada; incluso los movimientos. Y los tics. Y las miradas.

Los debates no pueden ser jamás un borrón y cuenta nueva ante la decisión del voto, como si los desatinos, incapacidades y desvaríos pudiesen quedar olvidados. Los debates televisados forman parte del espectáculo. Y no pueden decidir nuestro futuro. A no ser que queramos elegir a un comediante.

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