Tú el Pronto y yo el paño


En los años ochenta se emitía en televisión el anuncio de un producto limpieza que resultaba paradójicamente liberador. Dos mujeres se repartían el trabajo de sacarle brillo a una interminable mesa de manera. Y, sin sangre, firmaban un pacto que duró años: «Tú el pronto y yo el paño». Una, la menos afortunada, aplicaba el esprai milagroso. Pero el prodigio llegaba justo a continuación, cuando la otra, con una macrobayeta colocada a modo de babero gigante, se lanzaba sobre el interminable tablero y se deslizaba por él como si fuera un Superman con capa delantera, mientras sonaban unos acordes triunfales dignos de un campeón olímpico. Justo a tiempo para que llegaran un grupo de hombres trajeados al inmenso despacho y se deslumbraran con el brillo de la noble madera. Presidiendo la mesa, al otro extremo, les esperaba sentada una mujer con una especie de túnica que los llamaba al orden: «Señores, seriedad, a trabajar». Era la misma que había pasado el paño al vuelo. Y viendo el debate de los candidatos, el spot televisivo resulta incluso revolucionario. Un golpe de aire fresco con un toque de ambientador que se agradece ante ese plató apolillado, por las personas, que no por el decorado, con las señoras de la limpieza y las maquilladoras afanándose durante la cuenta atrás mientras los cuatro señores se concentran. Si la batalla fuera brillante, puede que lo otro quedara en anécdota, pero en la supuesta pelea de gallos hay más crestas que picos, más canto que respuesta, más nada que poco. Espontáneos ellos como Jimmy Jump. Ni el Pronto ni el paño.

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