Todos contra Sánchez


Asisto a la primera sesión de tiro al blanco. Todos contra Sánchez y tiro porque me toca. Casado y Rivera apuntan a la yugular del favorito para intentar la remontada. Iglesias lo acosa por la izquierda, para evitar ser engullido e impedir que el favorito busque amigos nuevos y de poco fiar. Pero tengo para mí, a juzgar por los primeros compases de la refriega, que el muñeco del pimpampum saldrá indemne de este sucedáneo de debate a doble vuelta. O incluso robustecido. Y no por méritos propios, que el candidato asediado no es Demóstenes, sino porque la derecha dispara con pólvora mojada. Malgastó su munición, con magros resultados según los gurús demoscópicos, y ahora solo dispone de balas de fogueo. Pirotecnia televisiva en sustitución de la fracasada artillería utilizada para abatir al felón.

 Tengo la sospecha de que el empecinamiento en explotar el filón catalán hasta la extenuación puede volverse en contra de la derecha. La mina, que tan suculentos dividendos proporcionó a Rivera hasta la moción de censura, está agotada como caladero de votos. Ya no da más de sí. Una inmensa mayoría de españoles rechazan el independentismo catalán, pero muy pocos se creen el bulo de que Sánchez ha negociado la unidad de España o que el PSOE ha abandonado el marco constitucional.

Por eso no comprendo la teima de Casado y Rivera en condensar su traca en dos preguntas: los hipotéticos indultos a los dirigentes separatistas o los hipotéticos pactos futuros. Tal vez soñaban con que el presidente tropezase y se metiese en ambos charcos. Que se anticipase a la Justicia o que cometiese el «error Ciudadanos».

El error de Ciudadanos, del que no consigue desprenderse, consistió en su cordón sanitario al PSOE y su pacto de sangre con el PP. Tiró sus excelentes expectativas al cubo de la basura y, por encima, su órdago no lo creen ni Pablo Iglesias, ni Casado, ni la mitad de sus votantes, ni unos cuantos millones de españoles. La imagen de Albert Rivera reclamando a Sánchez que defina sus hipotéticas alianzas resulta por eso mismo patética: le pide al PSOE que incurra en idéntico error.

La indefinición de Sánchez sobre pactos futuros, incluso a costa de soportar el desgaste que supone el no sabe/no contesta, le deja abiertas todas las puertas, salvo la de Vox. Y lo sitúa en inmejorable posición de cara al 28-A: es el único de los cuatro que, a día de hoy, puede aspirar a gobernar en solitario, sin hipotecas ni chantajes de la ultraderecha o del independentismo.

Pongámonos en la piel de un espectador, todavía indeciso, que el domingo va a depositar su voto. Si opta por Casado, sabe que la ultraderecha va en el mismo lote. Si opta por Sánchez, sabe que Vox queda fuera de juego y que el peso del independentismo será inversamente proporcional a la cosecha de votos que obtenga el candidato socialista. Esa es la estrategia seguida por Sánchez en el debate: convertir el voto al PSOE en el voto útil de quienes repudian por igual la extrema derecha y el nacionalismo extremo.

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