Locos por el rural, o tal parece


Supongo que los gallegos no dejamos de sorprendernos ante los cantos al rural que los políticos en campaña ofrecen. Y no porque campaña tras campaña dejen de insistir en ello. Feijoo cerró la campaña del 2009, la de su primera victoria, en Lugo y Ourense. Le acompañaron Cospedal y Rajoy. Y fue Rajoy quien se recorrió durante 12 días el rural gallego en aquella campaña, preludio de su victoria del 2011. Pero últimamente, cuando uno creía que el animal totémico de los gallegos ya no era la vaca, sino el perro urbano, cualquier político de fuste que se precie tiene incompleto su mensaje electoral sin fotografiarse con una, o un ciento, de vacas.

No hay ni un solo indicador, de población, empleo, comercio o industria, que dé esperanza a un desarrollo futuro del rural. Tan solo la distribución de diputados por provincia -los senadores son cuatro iguales- explica la atención que en campaña electoral se le presta. Si Ourense y Lugo apenas superan los trescientos mil habitantes que producen cuatro diputados, A Coruña y Pontevedra en el entorno del millón apenas les duplican el número de diputados. Lo que hace los votos del rural más productivos electoralmente que los de las zonas más urbanas.

Los datos el Instituto Galego de Estatística indican que cerca de la mitad del territorio, unas dos mil parroquias, tiene apenas un seis por ciento de la población gallega. Sin prestarle atención a su media de edad, que permite predecir la despoblación a plazo fijo.

Para llegar aquí se han necesitado años de migración a las ciudades, al resto de España y a otros países. Se han necesitado años de pérdidas de servicios educativos y sanitarios, incluso bancarios o de transporte público. Pérdidas de calidad y oportunidades de vida, de presente y futuro económico, y como consecuencia, el envejecimiento y la inexorable caída de la fecundidad. Un rural abandonado, sin policultivos de subsistencia, donde solo en algunas zonas es posible ver todavía la mano de hombres y mujeres que sostienen la geografía de sus prados y sus montes trabajada, las menguantes explotaciones ganaderas, sus viñedos, o unos servicios para atender a quienes los visitan. Sean turistas en el corredor atlántico, o caminantes y peregrinos a Santiago en la Galicia interior.

En Galicia, acostumbrados a tanto éxodo y al abandono, no nos sacude con angustia la denunciada España vacía, analizada por Sergio del Molino, novelada por Julio Llamazares o contada desde lo suyo por María Sánchez. Vivimos en ella.

Pero uno siente a aquellos gallegos, mediados los años sesenta, de O Acebedo en Barakaldo o al chairego patroneando barcos en El Callao cuando se atreve a acercarse a la trabajada montaña lucense de prados y soutos, a las viñas del Sil o al trajín peregrino de O Cebreiro o Fillobal. Por más que la Galicia rural se desvanezca en la memoria de quienes la vivieron o atisbaron y solo en los paréntesis de necesidad electoral se cite y se prometa: «Yo garantizo, nosotros garantizamos». Luego, la niebla.

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