Aprender de lo urgente


La noticia del incendio de la catedral de Notre Dame, en París, a buen seguro ha traído a la mente de todos nosotros la pregunta sobre la seguridad de nuestros monumentos y sobre las posibilidades de que algo parecido, en mayor o menor escala, pudiera ocurrir en Galicia. Es evidente que todos respiramos más tranquilos cuando sabemos que fue un accidente fortuito. Por otra parte, ser conscientes de que la seguridad completa y absoluta no se puede alcanzar y, mucho menos garantizar, con independencia del buen estado de conservación de nuestro patrimonio y de la categoría del monumento en cuestión, es probable que nos traiga a la memoria incendios recientes en templos gallegos y que, con muy poco margen de error, los nombres de Muxía y Porriño, de santuarios como Nuestra Señora de la Barca y San Campio, y de fechas como el 24 de diciembre del 2013 o el 16 de julio del 2018, asaltasen nuestra memoria.

Es este momento en el que las preguntas se pueden transformar en acuciantes dudas, puesto que nos resistimos a dejar en manos del azar, de un descuido o, simplemente, de la mala suerte, el destino de aquellos bienes que forman parte de nuestra identidad como colectivo; ya se trate de una identidad general, amplia y difusa, o de otra más limitada, específica y concreta. Todos los bienes culturales son elementos consustanciales de una comunidad y su pérdida, sobre todo cuando se produce de modo traumático, termina por afectarle.

Bajo esta premisa, las alternativas que se nos pueden plantear pasan por aprender de lo urgente para obtener una respuesta a aquello que es importante: garantizar la protección, conservación y comprensión de nuestro patrimonio para las generaciones futuras. Los desastres naturales, los accidentes fortuitos y, sobre todo las injustificables acciones antrópicas contra nuestro propio patrimonio, que también han sido noticia en los últimos meses, solo se pueden evitar, o al menos amortiguar sus efectos, a través de una acción constante, continuada, programada e integral.

Cuestiones como el desapego hacia nuestro patrimonio más cercano, la incomprensión y desconocimiento de los valores culturales presentes en estos bienes para todos nosotros, la reducción de estos a su expresión económica básica -valor no puede ser igual ingresos monetarios o de imagen-, el abandono material en su mantenimiento y cuidado y, por qué no, también el abandono, el envejecimiento y la despoblación de núcleos rurales, no son más que las chispas que, en un futuro no muy lejano, terminen por incendiar nuestra memoria cultural, tanto la material como la intangible.

Una vez que hemos visto que es necesario actuar por imperativo de las urgencias generadas por el incendio de la catedral parisina, que nos admiramos por las iniciativas públicas y privadas que apoyan su reconstrucción, deberíamos comenzar a pensar que no es preciso esperar a que tengamos el incendio para prevenir el fuego. La protección y conservación de nuestro patrimonio cultural tiene que ser un compromiso vigente los 365 días del año.

Por Juan M. Monterroso Montero Departamento de Historia del Arte de la Universidade de Santiago de Compostela

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