Vuelven los escraches


De las insinuaciones, acusaciones, conjeturas, vendettas, broncas y fake news nos hemos pasado a los escraches. Que es una forma más directa y mucho más vistosa de protesta, ahora que ya casi tenemos agotados todos los modelos.

Los escraches se han puesto de moda en esta campaña electoral y la verdad es que quedan muy lucidos y muy atractivos para las televisiones, que en definitiva es de lo que se trata.

Hubo un tiempo en el que los acosos a cargos públicos se extendieron por todo el país. Y ahora parece que vuelve la moda después de los sufridos por la candidata Álvarez de Toledo en la Autónoma de Barcelona y por los de Ciudadanos en Rentería, que ya sabemos que no es una república todavía, pero con capacidad para decidir quiénes pueden visitarlos y quienes no. Que es lo importante. Y es tan popular esto de los escraches que los de Vox los padecen casi a diario, los socialistas lo sufrieron en Pontevedra y en Madrid con el sindicato policial Jusapol; los del tridente ultra cuando se hicieron cargo de Andalucía y los procesionados de Valladolid. No va a faltar quien diga que es perfectamente legítimo y comprensible que muestren su rechazo ante un hecho que no les agrada. Y que lo lleven hasta el artículo 20 de la Constitución, ese que se refiere -por cierto, con bastante poco éxito- a nuestra libertad de expresión. Pero, una vez más, lo que se hace con ello es enredar, confundir y avalar unos comportamientos rechazables de principio a fin que nada tienen que ver con la libertad a la que se apela.

Lo ha hecho, entre otros, Pablo Echenique precisando que Alberto Carlos fue a Rentería a incendiar la convivencia entre los diferentes pueblos de España «y a ver si rebaña votos de odio en otros territorios». El único odio a la vista es el que muestran quienes tratan de impedir por la fuerza que alguien exprese sus ideas. Debería de saberlo el científico, responsable de Podemos y diputado en Aragón, porque lo saben cientos de miles de niños de Primaria.

Lo escribimos cuando se escrachaba a Sáenz de Santamaría y lo volvemos a escribir ahora. Se está jugando con fuego. Y el fuego es incontrolable. Lo acabamos de ver en Notre Dame. Termina por destrozar los tesoros de nuestras vidas.

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