La señora de París


París es muchas cosas. Sofisticada. Deslumbrante. Exquisita. La mayor postal de todas las metrópolis. El vivo retrato de la grandeur. Pero no es una ciudad cálida (en más de un sentido). Su mal tiempo es uno de los secretos mejor guardados de Europa. Durante el invierno, la primavera naciente o el otoño tardío, los parisinos y los turistas se atrincheran en las terrazas fingiendo que el viento no muerde, que las estufas bastan (cuando las hay) y que son los extras perfectos para completar ese escenario ideal. París parece mirar por encima del hombro: desde la torre Eiffel, desde el Sacré Coeur o incluso desde La Défense, esa especie de City francesa con su propio arco gigante. Pero Notre Dame no impone como otros monumentos de la capital francesa, que apabullan con sus dimensiones, su brillo, su desafío. Al contrario, resulta un edificio familiar y reconfortante, como los viejos carteles del metro de la urbe gala. Aparece frente al viandante como una joya que no se da importancia. En los últimos años a Notre Dame se le notaba muy enferma. Pedía a gritos limpieza y restauración. Gárgolas sustituidas por cañerías cutres, piedras desprendidas, manchas de humedad... Pero, a pesar de todo, siempre era un buen plan visitarla, revivir el tecnicolor de sus vidrieras y después refugiarse en la madera de la librería Shakespeare and Company para comprobar en qué estantes descansan las obras de Víctor Hugo.

Avanzamos, sí, pero caminamos sobre pies de barro. El mundo nos enseña todos los días que no hay que dar nada por sentado. Ni siquiera una catedral. Ni siquiera Notre Dame.

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