Por qué barallamos en vez de debatir

OPINIÓN

Para disfrutar de un partido de fútbol, discutir si es mejor Ramos o Piqué, admirar un gol espléndido, o mantener el interés por la competición, hay que estar básicamente de acuerdo con las normas del juego, con el papel de los árbitros y las sanciones, y con los requisitos exigidos para jugar en las diferentes categorías. Porque si el día que se enfrenten el Barça y el Madrid en el nuevo Bernabéu, el público está dividido en bandos -los que creen que la mano hay que sancionarla y los que piensan que la mano y el pie son partes del cuerpo igual de dignas y que el jugador tiene derecho a escoger si patea o manosea; los que piensan que el árbitro es la garantía de la competición, frente a los que opinan que las faltas las tienen que decidir (en asamblea o melé) los propios jugadores; los que creen que en fútbol somos todos iguales y que la competición por divisiones sólo favorece a la banca; o los que opinan que las personas tienen derechos y nadie puede impedir que todos los jugadores del Madrid sean de Ruanda Burundi y todos los del Barça de Burkina Faso-, será imposible saber si el partido es bueno o malo; si Messi es el mejor jugador de la historia o nunca tocó balón; si es mejor ganar el partido que perderlo, o si el clásico del 2023 va a ser el Madrid-Manresa o el Barça-Torrelaguna. Porque también en el fútbol, aunque parezca mentira, tiene prioridad el sistema sobre todo lo demás.

Así se explica -cambiando de tercio- que en esta campaña hablemos del Titanic, de los tránsfugas, de los viernes sociales, del Valle de los Caídos, de los bloqueos o de las mayorías Frankenstein, en vez de hablar del déficit público, de la sostenibilidad de las pensiones y los servicios sociales, del modelo educativo, de la industrialización, de la desertización de la España interior o de la crisis demográfica. Porque hemos roto los consensos esenciales sobre el sistema, y ni siquiera sabemos si hay que darle al balón con la mano o con el pie. Y por eso es de todo punto imposible hablar sobre nada que no sean simplezas y comadreos, o sobre la dialéctica -sin posible síntesis- entre el sistema y el antisistema.

Aunque casi todos creen que la crisis está en la cancha, donde se hacen zancadillas y se mete la mano, parece evidente que el problema está en las gradas, donde unos creen que hay que jugar de acuerdo con la costumbre, hasta que se cambien los reglamentos, y otros creen que ha llegado la hora de ‘la gente’, de la acción popular y del arbitraje colectivo, y que hay que desterrar a los Messi, los Florentino, los Piqué y los Simeone, que conforman una casta degradada que le corta las alas al pueblo.

Algunos, sedientos de raciocinio y buen fútbol, aún esperan poner orden en el estadio preguntando: ¿Y, con el nuevo estilo, podremos jugar la Champions? Pero también para eso tenemos respuesta: «La Champions sólo es negocio para Alemania. Así que, si nos echan, peor para ellos». Por eso temo que, rebus sic stantibus, es mejor prepararse para una larga temporada sin fútbol.