Entre los errores de bulto que está cometiendo Pablo Casado en la elaboración de las listas del PP, quizá el más grave haya sido situar como número dos por Madrid, puesto reservado a figuras a las que les aguarda un gran protagonismo, a Adolfo Suárez Illana. Un hombre cuyo único mérito es el de moverse por el mundo presentándose como heredero político y moral de su padre, por más que, al margen del parecido físico, no comparta desgraciadamente ni un gramo del talento, la mesura y la moderación del artífice de la Transición. Solo una vez se midió Suárez Jr. en las urnas. Y tuvo la osadía de hacerlo contra José Bono en Castilla-La Mancha. Un duelo del que salió vapuleado por su inanidad política. No es extraño por tanto que a las primeras de cambio se descolgara con sandeces como decir en una entrevista que en Nueva York «se permite el aborto después del nacimiento» o comparar la ley de interrupción del embarazo con los neandertales.
Caso distinto es el de Daniel Lacalle, un economista de reputación internacional a años luz de la mediocridad de Suárez, fichado por Casado como número cuatro y principal asesor económico. Pero Lacalle carece también de experiencia política. Y en muy poco tiempo ha comprobado que una cosa es aparecer en las tertulias dando lecciones de economía con tiempo suficiente para explayarse, y otra enfrentarse a expresar conceptos complejos en entrevistas con respuestas de cinco líneas. Es obvio que ni Lacalle ni el PP quieren rebajar las pensiones un 40 %. Pero es fácil que alguien aproveche un recorte de su respuesta a una pregunta para colar ese disparate como cierto. Algo similar ocurre en Ciudadanos con el fichaje de Marcos de Quinto, ex vicepresidente mundial de Coca Cola, que comprueba también que una cosa es tuitear opiniones personales radicales y otra afirmar, ya como candidato, que si en España se cerró un centro de Coca Cola «algo de culpa tendrán los trabajadores». Son grandes meteduras de pata de gente inexperta en las procelosas aguas políticas.
Pero nada tiene que ver, aunque algunos pretendan hacerlo pasar por lo mismo, lo que ha ocurrido con el socialista Miquel Iceta. Cuando el líder del PSC dice que si el 65 % de la sociedad catalana desea la independencia «la democracia debería facilitarla», y plantea que dentro de «diez o quince años» podría haber un referendo de autodeterminación, no está metiendo la pata. Porque Iceta no es un indocumentado como Suárez Illana, ni un recién llegado a la política como Lacalle o De Quinto. Al contrario, es un profesional de la política desde hace cuarenta años. De hecho, Iceta no ha hecho otra cosa en su vida desde que es mayor de edad. Y es además un especialista en campañas electorales que sabe muy bien la repercusión de sus palabras. Lo suyo no es un desliz, sino una reflexión meditada sobre su postura respecto a Cataluña. Y un claro adelanto de lo que tendrá que asumir Pedro Sánchez si, para gobernar España, tiene que pactar con los independentistas. Eso no es meter la pata. Eso es cantar la gallina.