En ese desnudo escrito debajo de la pantalla de un cine de verano huele a jazmín y a orines. El punto final al inicio de un exorcismo de más de treinta años a columna abierta, a espalda partida, de oído precario y ojos llorosos. Con cefalea. Un retrato que fluye a través de un instante: el reflejo en un aparador de diseño con acabado brillante. Es mejor no llorar nunca. Aunque regrese de pronto aquella acuarela espontánea interrumpida por un sueño febril y perdida en un rastro de Barcelona. No salir a buscar aquella mano que se movía al compás de la tuya en un hogar que a la vez era una cueva. Descubrirse reversible. No poder evitar ser calcetín remendado y al final, en la pantalla en blanco, darse la vuelta. Aunque a las vecinas no les guste y sepan que en el fondo estás hablando de ellas. Esperar que no. O que sí, que lo entiendan. Cambiar nombres pero mantener el tequila. Y el dolor de Chavela. Escupirlo al son de la claqueta. No poder volver sobre ello. Que sea otra voz, otro cuerpo, el que regresa, deshaciendo el camino desde una sala pequeña, pisoteando aquella tarde en la que otra vez no supiste cómo decirlo, cómo pedirle que se quedase. Que nunca más se vistiera. Sacarlo de dentro. El deseo. La adicción. El miedo. El placer. El dolor y la pena. Aunque la autoficción solo traiga problemas. Y vergüenza. Repararse por dentro. En pantalla grande o en columna pequeña. Almodóvar. La gloria. Aunque duela.