España cañí


La República Francesa, nuestro país vecino, nutre a su clase política mayoritariamente de titulados en la Escuela Nacional de la Administración, la ENA, de donde salen los cuadros dirigentes que gobiernan la nación francesa.

En la Asamblea Nacional, en su parlamento, se sientan, además de personas de reconocido prestigio en el mundo del derecho, la economía y la cultura, decenas de egresados de la ENA que dan prestigio a los debates del legislativo. Por supuesto, la procedencia administrativa es común a los partidos hasta ahora hegemónicos de la derecha y de la izquierda. Los experimentos heterodoxos se suelen hacer con la gaseosa marginal de las ocasionales formaciones emergentes.

En España, la fragmentada oferta en vísperas electorales ha pintado un panorama entre el márketing y el espectáculo, el vodevil político, incorporando a una nueva clase de una España en extinción: los toreros, que concurren en las cabezas de lista electoral en las primeras posiciones. La antaño mal llamada fiesta nacional, una ceremonia de sangre y tortura, y de la que cada año desertan miles de espectadores jóvenes, educados en un país que, afortunadamente, en nada se parece al de hace tres décadas, quiere rehabilitarse desde el Congreso de los Diputados, y han sido el Partido Popular y ese apéndice de la derecha tradicional, Vox, quienes levantaron la bandera taurina de la vieja España cañí. A este paso cambiarán el himno de campaña por un pasodoble.

Se equivocan los asesores áulicos de los partidos, intentando maquillar al gato hasta convertirlo en liebre. Con la que está cayendo en Europa en general, y en España en particular, no tiene especial cabida el espectáculo racial en el hemiciclo.

Ofrecer puestos de salida a reconocidos intelectuales, a pensadores, escritores, directores de cine, músicos o pintores seria otra cosa, pero la peligrosa cultura cotiza, hoy mas que nunca, a la baja.

Los reality shows televisivos tipo Gran Hermano debían llevar aparejado un premio consistente a optar a un escaño en el Parlamento o en el Senado a quien resultara vencedor de GH, o de MasterChef, y por qué no, de Operación Triunfo.

Considero que la clase política -¿son una clase?- debe ser transversal o cuando menos plural, pero Ortega o Azaña volverían al lugar donde ahora moran, al grito de ‘no es esto’, si pudieran ver la heterodoxa composición de la oferta que viene.

No me imagino al presidente Feijoo, un político cabal de la derecha mas centrada, componiendo una lista para el Parlamento gallego en la que los primeros puestos fueran para atletas populares, Ana Peleteiro, Gómez Noya o Cristian Toro, junto a celebridades del show business galaico, como Manquiña o Roberto Villar. O sí, y a lo peor le estoy dando ideas.

No se si Ciudadanos tiene su torero, igual lleva en sus listas un banderillero o un mozo de espadas. Lo cierto es que reivindicar la España cañí, y la España que se viste de luces para alancear seis toros cada tarde, tiene, cuando el siglo XXI ya ha recorrido una cuarta parte, muy difícil justificación. ¿O no?

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