Por Sánchez resucitado


En 1982 voté a Felipe González. Lo hice ilusionado, arrastrado por la ola de rosas que anunciaba cambios y apertura. Era también un modo de rendir cuentas con el pretérito, ese que tantas veces me había contado Víctor, mi vecino, obrero comunista en la clandestinidad y también en la democracia. Al dictador no lo recuerdo. De él me quedan tres días de vacaciones, cuando cursaba séptimo de EGB, y la historia. Un canalla. Un miserable dictador, como todos los dictadores, al que la España democrática decidió olvidar para siempre. En ese olvido se basó una parte de nuestro progreso. Ni Alfonso Guerra ni Felipe González serán nunca sospechosos de ser condescendientes con el franquismo. Lo combatieron en vida y, ya muerto el tirano, colocaron sobre su espectro la piedra del desprecio. Y punto. Fue otro de los grandes triunfos de aquel socialismo que concitó la esperanza de un pueblo tristón, oprimido, y que por fin pudo darle rienda suelta a su talento y potencia. Después las cosas cambiaron. La podredumbre se enraizó en el PSOE y yo milité en el nacionalismo. Fue por un cúmulo de emociones, como todo en mi vida. Por inconformismo, como todo también. Y porque siempre creí que la función del intelectual es incomodar. A quien sea, pero incomodar. Con los años me hice conservador y recuperé la fe que los Salesianos me habían inculcado: nada incomoda más al «mundo de la cultura» que un colega conservador y católico. Me preguntaron muchas veces por qué cambié. Siempre respondo lo mismo: porque no soporto el cinismo, decir una cosa y hacer la contraria (¿recuerdan el Gobierno de la Xunta bipartita?), ni al rebaño de la corrección política. Y ahí queda la cosa. Pero esta columna no quiere hablar de mí, sino de una de las heridas que ha recibido la España democrática. La ha perpetrado el actual Gobierno con ayuda de sus socios: han resucitado al dictador. Sin escrúpulo alguno, por mero interés electoral y sin importarles las consecuencias. Ahí las tienen: Franco, el que había muerto, ha vuelto. Hasta hay quien se atreve a pintarlo como un hombre providencial que hizo mucho por España. Antes eso era impensable. Sánchez lo ha conseguido.

 A mí, que soy conservador y católico, Franco me repugna. Y me repugna que algunos identifiquen a los conservadores y católicos con ese recuerdo abominable. Todo lo que representa, lo que fue, lo que sigue siendo enterrado en su mausoleo al que acuden más visitas que nunca. Repito: más visitas que nunca. Hasta hay quienes hacen de él un prohombre. Muchos están en Vox. Son los mismos que nos niegan a los gallegos nuestros dos idiomas, como si Galicia no tuviese sus propias señas de identidad y su particular modo de ser. Estas inconveniencias de las que hablo eran ficción hace algunos meses. Hoy, no. Sánchez ha decidido resucitar los fantasmas del pasado. Los buenos, ellos; y los malos, el resto. Las dos Españas otra vez. Algunos, créanme, ya no queremos estar en ninguna.

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