Sin respeto a la ley no hay democracia


Del extremo grado de delirio en que vive el separatismo catalán nada da mejor idea que su utilización de imágenes que insultan a la inteligencia. Artur Mas comparó la rebelión secesionista con la heroica desobediencia civil de Rosa Parks a las repulsivas leyes segregacionistas norteamericanas. Un ignominioso paralelismo que parecía insuperable hasta el tuit de hace unos días de Elsa Artadi («No se nos permite tener nuestra opinión») en el que la portavoz de la Generalitat citaba una frase de Ana Frank, la autora del emocionante diario, asesinada a los 16 años en el campo de concentración de Bergen-Belsen.

Perdido por el separatismo todo contacto con la realidad y convertido el Gobierno catalán en su filial para la agitación secesionista, a nadie puede extrañarle la reiterada desobediencia de Torra a las resoluciones de la Junta Electoral Central. Ni el sainete que el presidente de la Generalitat y el defensor del pueblo catalán han interpretado al alimón con la única finalidad de burlarse de las instituciones del Estado, dejando claro que el Gobierno de Cataluña está en situación de rebeldía. Ni menos aun la gran bufonada que supone retirar unos símbolos independentistas y prometer seguidamente que se colocarán otros en su sitio para así sostenella y no enmendalla.

¿Se imaginan la que se organizaría si un futuro gobierno autonómico hiciera con los símbolos franquistas lo que el catalán con los independentistas? ¿Se mostraría entonces Podemos igual de comprensivo que con las baladronadas de Torra y compañía? ¿Actuaría Sánchez en esa hipótesis con una indolencia similar a la manifestada ante un reto a la legalidad que, de generalizarse, convertiría la vida pública española en la de un pueblo del Oeste? ¿No tiene nada que ver la llamativa parsimonia del Gobierno frente a la utilización partidista de las instituciones con el hecho de que Sánchez llegase a presidente con los votos del secesionismo y quizá vuelva a necesitarlos tras las elecciones generales?

Lo que nos estamos jugando en Cataluña con el asunto de los símbolos partidistas en los edificios oficiales no es un tema irrelevante, sino el más importante que puede plantearse en democracia: el del respeto a la ley, sin el cual aquella deja de existir.

«Somos demócratas, y, por serlo, tenemos una regla segura: la ley. ¡La ley! La ley tiene dos caras. Por una parte es una norma obligatoria para todos los ciudadanos; pero es también un instrumento de gobierno, y se gobierna con la ley, con el Parlamento, y una democracia se disciplina mediante la ley, que el Gobierno aplica bajo su responsabilidad. No se puede gobernar una democracia de otra manera». La frase no es de un facha, como se califica ahora a todos los críticos con el nacionalismo: fue pronunciada por don Manuel Azaña en 1932. Si, después, todos hubieran hecho lo que Azaña aconsejaba, ¡qué diferente habría sido nuestra historia!

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