La marea y su zozobra


Seguramente usted, como yo, ciudadanos de un país que lo mismo reivindica la pureza de la gaita gallega que adopta sin complejos la almeja japónica, sufra esas contradicciones propias de los pueblos sin Estado por las que no entiende una sanidad distinta en Albacete y Vigo, pero tampoco permite que nadie desde Madrid confunda la retranca con la mala educación. A Xosé Manuel Beiras le pasa lo mismo, solo que él lo explica rebuscando en su vasta cultura, con citas de George Haupt o José Martí, para finalmente sentenciar que «es una estupidez monumental» decir que ser nacionalista y ser de izquierdas es incompatible. Y en demostrar que esa antítesis es una falacia invirtió su vida política.

Pero Galicia es un país terco con capital en los mundos imaginarios de Cunqueiro y no para de llevarle la contraria. AGE y En Marea fueron ensayos de alianzas con otros partidos de izquierdas para sacar al pueblo de la colonia interior en la que se había sumido. Al principio fue solo con EU, pero cuando apareció Podemos, esa formación que alcanzó el cielo antes de pisar el suelo, Beiras y los suyos se subieron a la nube morada de Pablo Iglesias creyendo que solo con el apoyo de fuerzas estatales de carácter federal podría Galicia alcanzar esa independencia en la que él creía pero para la que el pueblo no estaba preparado.

Pero Podemos lo mismo defiende la autodeterminación ante Junqueras que el federalismo amable ante Colau o el españolismo ante Lomana. Y en esas contradicciones transcurrió la legislatura, lidiando con el enfado de Alexandra Fernández mientras Fernán-Vello buscaba su sitio, las bases de Anova se rebotaban y En Marea se iba al garete porque cada día se parecía más al partido nacionalista del que se habían divorciado en Amio.

Eso, desde la perspectiva ideológica, difícil de entender para los ajenos al espacio rupturista. Desde la perspectiva humana es todo más fácil de explicar, porque se reduce a algo tan común como las guerras de poder y las desavenencias personales. A Luís Villares dejaron de quererlo al día siguiente de ficharlo, y el idilio con Iglesias se rompió cuando la tarta de los escaños no dio para tantas bocas.

El final póngalo usted mismo; puede hacer un tratado filosófico sobre la identidad perdida, un discurso poético sobre la zozobra del barco o un juego de palabras con las mareas y las resacas. O apelar al lenguaje de la infancia: «Eso es todo, amigos».

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