Sánchez y la purga de un perdedor


La purga llevada a cabo por Pedro Sánchez en las candidaturas a las elecciones generales y europeas, imponiendo, en muchos casos en contra del criterio de la militancia, a sus afines en las cabeceras de lista y laminando cualquier atisbo de pluralidad o corriente crítica en el PSOE, entierra definitivamente el discurso de quien se definió como el candidato de las bases y prometió acabar con un modelo de partido vertical en el que las decisiones se dictaban siempre desde arriba y los afiliados se limitaban a obedecer. Esa forma autoritaria, sectaria y vengativa de concebir el partido resulta anacrónica en cualquier situación, pero alcanza su máxima incoherencia en Andalucía, donde Sánchez fulmina todas las propuestas de la militancia.

Para entender hasta qué punto supone un despropósito la purga andaluza, hay que recordar algunos datos, aunque los números siempre resulten tediosos en un artículo. El líder del PSOE solo se ha presentado dos veces en su vida a unas elecciones. En el 2015 fue derrotado por el PP y obtuvo solo 90 escaños y un 22 % de los votos. Lógicamente, no logró gobernar. A pesar de ello, se presentó de nuevo en el 2016. Y entonces empeoró el resultado, logrando solo 84 escaños, sin poder tampoco gobernar. En aquellos comicios, uno de cada cuatro votos y uno de cada cuatro escaños de los 84 que obtuvo el PSOE procedían de Andalucía, en donde Susana Díaz era ya la líder. Pero, pese a ese descalabro histórico, a Sánchez ni se le pasó por la cabeza dimitir y aplicó el «yo sigo» de Felipito Takatún. Conviene recordar también que, pese a que ganó las primarias del PSOE, en Andalucía Susana Díaz barrió al ahora líder socialista doblándole en votos. Un 62,8 % frente a un 31,85 %. Pero nada de eso se tiene en cuenta para la purga.

En las últimas elecciones andaluzas del 2018, Susana Díaz, al contrario que Sánchez, ganó los comicios con un 27,95 % de los sufragios, sacando 10 puntos de ventaja al PP. Pese a ello, menos de 24 horas después de cerrarse las urnas, y antes de que se fraguara el pacto de PP, Ciudadanos y Vox, Sánchez exigía ya la dimisión de Díaz. Por qué él tuvo derecho a seguir liderando el PSOE pese a dos derrotas y Díaz tiene que dimitir tras ganar las elecciones es algo que nadie ha explicado en el partido.

Lo que sí alcanzaría ya proporciones de escándalo es que, si después de lo que ha hecho en Andalucía, en Aragón o en Galicia, imponiendo su criterio en las listas frente al de las bases, a Sánchez le ocurriera lo mismo que a Díaz, es decir, que ganara las elecciones pero no lograra gobernar, no presentara la dimisión inmediatamente. Lo cual lleva al convencimiento de que el líder socialista sabe que su supervivencia no depende de que gane los comicios, sino de que logre formar Gobierno. Y existen por tanto pocas dudas de que lo intentará a toda costa y al precio que sea, incluido el de consumar el despropósito de tratar de gobernar España en alianza con los independentistas catalanes y los herederos de Herri Batasuna. El dilema de Sánchez no es por tanto ganar o perder, sino gobernar o morir.

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