Partidos vacíos de ideas y nombres


Si algo define el actual proceso electoral es la movida de las listas. Ni los cronistas de más edad recordamos algo parecido. Cuando se constituyan las nuevas Cortes, no las reconocerá ni la madre que las parió. Miren el panorama: por el momento, Pablo Casado solo mantiene a cuatro de los cabezas de los mandatos de Mariano Rajoy. Pedro Sánchez renueva al 80 % de los máximos aspirantes al Congreso y al 86 % de los candidatos al Senado. Albert Rivera incorpora a personalidades que hasta ahora nadie sospechaba encontrar en la contienda política. Santiago Abascal consigue tener a sus órdenes por lo menos a cuatro generales del Ejército, recordando el acompañamiento militar de Bolsonaro en Brasil. Solo Pablo Iglesias, quién lo iba a decir, deja de comparecer con una lista de personajes sacados de las páginas del famoseo ni ninguna otra.

Esos son los signos distintivos del nuevo período electoral. Si no fuese por la lluvia de nombres ascendidos y caídos, casi no nos enteraríamos, porque de lo importante, que son los programas y las ofertas, no hay más que ideología y nada que se aproxime a los problemas reales del ciudadano. Diríase que Pablo Casado está más empeñado en pasar página de Mariano Rajoy y, sobre todo, de Soraya Sáenz de Santamaría que de presentarnos el modelo de país que propugna, más allá de meter a los independentistas en cintura. Y diríase que Pedro Sánchez está absolutamente interesado en blindar su propia persona frente a los críticos interiores que todavía no le han perdonado su podemización ni acaban de entender su proximidad táctica a los independentistas catalanes. Por eso fulmina a quienes, como los aspirantes andaluces, son fieles a Susana Díaz. Y por eso no acaba de confiar en quienes, como el gran José Blanco, han servido lealmente a los secretarios generales Zapatero y Rubalcaba.

Ante eso, este cronista respeta el derecho de los líderes a hacer sus equipos, porque la unidad de los grupos parlamentarios es condición básica para la eficacia legislativa y la salud de los partidos. Les desea suerte en esta gran operación renovadora, que quizá sea necesaria a la vista de la calidad de los debates y aportaciones de las últimas legislaturas. Da la bienvenida a la entrada de la sociedad civil en la lucha por el poder. Pero apunta un diagnóstico inquietante: si la renovación, sea en forma de castigo o de busca de caras y mensajes novedosos, hay que buscarla en nombres exteriores, no vinculados a la organización, y caracterizados por una popularidad ajena a la política es que el sistema representativo está en crisis. Es que los partidos, bases de ese sistema, empiezan a carecer de banquillo. Es que los hay que reinventar.

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