La mano negra


En el lienzo de piedra de la catedral de Compostela apareció una pintada provocadora. No tenía firma pero una mano negra había perpetrado con nocturnidad el atentado estético, ofensivo, una ocurrencia de dudoso ingenio infantiloide, que convertía, no era el lugar adecuado, la libertad de expresión en libertad de provocación.

Las catedrales forman parte de nuestra memoria labrada en piedra, son joyas del patrimonio europeo, signos de una identidad construida en el medievo, nuestro mas antiguo skyline.

Los burdos grafitis son una agresión ética y estética, un mensaje de mal gusto en la dialéctica del todo vale.

El narcisismo del autor incluyó errores ortográficos y convirtió la guillotina, el socorrido invento mortal del doctor Guillotin, en una ‘gillotina’ (sic) que cercenó la ilustración con una elocuente falta de ortografía, obra sin duda de un pintor descerebrado.

Quienes mancillaron con consignas elementales nuestra gran referencia patrimonial son los mismos que dinamitaron gran parte del legado histórico de Palmira, son miembros de un fanatismo elemental que no puede ver la belleza pétrea de lo que tienen ante sus ojos.

Varios siglos tardaron los maestros canteros en levantar catedrales concibiéndolas desde la pentalfa, el número áureo o divina proporción, con lenguajes simbólicos plasmados en esculturas y fachadas desde una estricta concepción pitagórica.

Y por supuesto alzadas ad maiorem gloriam, ensalzando al Creador que es su primer origen.

Fulcanelli, pseudonimo de un autor desconocido, escribió un texto esencial en la iniciación esotérica en la década del los años sesenta del pasado siglo: El misterio de las catedrales, que dibujaba un mapa alquímico formado por todas las imágenes de la fachada de la catedral parisina de Notre Dame.

Pero ahora retornan los brujos con su analfabetismo gráfico emborronando con consignas las fachadas de las catedrales, o los ábsides románicos de iglesias notables, como sucedió hace pocos días en la colegiata coruñesa.

España es un país católico que se comporta como una sociedad civil laica. Las pintadas recientes son una ofensa estética más que un código de consignas antirreligiosas.

La mano negra, y digo mano convencido de que es obra de un único autor, quiso enturbiar el mensaje que estaba en el eco reciente de la gran manifestación feminista del 8 de marzo, quiso que la mano negra se volviera violeta. Pero no coló, porque las cosas son como son y no como parecen.

Existen soluciones a este tipo de atentados, soluciones punibles para el autor y sus cómplices, que supongo no será muy difícil desvelar policialmente su autoría. Urge desenmascararlos, blanquear la mano negra.

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