El precio de la división


Los legisladores de la Transición fueron sabios. Uno de los primeros pactos que hicieron, el electoral, fue una de las claves de la estabilidad política futura. La llamada regla d’Hondt para la distribución de restos produjo muchas injusticias, como el condenar a notables partidos a una representación parlamentaria muy por debajo de su número de votos, pero con un beneficio superior: evitó la fragmentación del Congreso de los Diputados y permitió la gobernación. El sistema fue tan válido que se mantuvo durante cuarenta años. Los partidos perjudicados, básicamente el Comunista, después Izquierda Unida y UPyD, expresaron su queja tras cada votación, pero no pasaron del lamento.

Ahora llega la hora de la otra verdad. La derecha no es una derecha, sino que son al menos dos: el Partido Popular y Vox, si tenemos la generosidad de dejar el espacio de vocación centrista para Ciudadanos, que está por demostrar. Y a Pablo Casado le entró el terror en el cuerpo. Miró las encuestas y vio cuántos votos le está mordiendo Santiago Abascal. Contempló las tendencias y descubrió que esa riada no cesa, sino que tiende a empeorar. Y se hizo realidad urgente la otra evidencia que se demuestra en cada una de las elecciones generales: los restos de las circunscripciones pequeñas deciden finalmente las mayorías. Hay 28 provincias cuyo último escaño puede caer de un lado o de otro. Si un bloque político está dividido en facciones, lo más normal es que favorezca al adversario. Se acabó el reparto, casi de lotería, entre los partidos Socialista y Popular.

Con lo cual, Pablo Casado inició una doble ofensiva. Por una parte, aunque un poco tarde, inició la destrucción de Abascal, al que no reconoce ni presencia, ni programa, ni equipos. En los últimos días le dirigió ataques impropios de quienes esperan sumar votos para desalojar a Sánchez de la Moncloa, pero necesarios para lograr la primacía del PP entre afines. Era una batalla que tenía que llegar y llegó en busca del voto útil, planteado de forma más descarnada que nunca. Por otra parte, segunda fase, incitó a Vox a no presentarse en esas circunscripciones. Lo malo es que lo hizo en público, incluso amparándose en un diálogo de Epi y Blas, y le brindó a Abascal la ocasión de oro para responder: «Retírate tú». Y en esas andan, sin la madurez suficiente para saber que esas cosas no se ofrecen en público ni se discuten en público, porque tientan al orgullo del adversario. Y lo peor es el diagnóstico que queda: los posibles aliados parece que no luchan por ganar el gobierno. Luchan por ser los primeros entre afines. Otro regalo para Sánchez. Y ya van demasiados. Es el precio de la división, que siempre se paga en un proceso electoral.

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