Vox: la larga sombra de un espectro


Nuestra política vive un fenómeno que recuerda al que Marx y Engels describieron en el Manifiesto Comunista: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes».

También aquí un fantasma, el de Vox, recorre España. Y también aquí se han aliado contra él, aunque de muy distinta forma y, de momento, con diferente resultado, las restantes fuerzas de nuestro sistema de partidos. Mientras Podemos y, sobre todo, el PSOE, están felices con el advenimiento de un adversario que no podía ser más oportuno, Ciudadanos y el PP han entrado en pánico, lo que les está llevando a cometer el peor error imaginable: regalarle el centro a Pedro Sánchez.

Vox, espectro cuyo valor en la bolsa política se sostiene en los sondeos y los 12 diputados andaluces, no agrupa, como raudo él proclamó, a fascistas salidos al fin de su guarida. Vox representa, sí, a una derecha radical antisistema, pero recoge el voto de protesta de grupos muy diversos: los que creen que o Hacienda, o las mujeres, o el secesionismo, o el Estado autonómico, o la Unión Europea, o las lenguas vernáculas, o las políticas de género, o la inmigración, o las ayudas públicas a la cultura, o la defensa de los animales, o el ecologismo o todo junto o una parte, «se ha pasado de la raya». Vox mete así distintos descontentos en su coctelera para servir un intragable combinado: un burdo análisis (todo va mal) y una demencial alternativa (pongámoslo todo del revés).

Aunque se trata de un discurso irracional y tremendista contra el que una fuerza constitucionalista no puede competir, Casado, olvidando lo que enseña en España la experiencia de muchas elecciones, parece haber decidido intentarlo, sembrando así dudas sobre la tradicional posición de su partido: la de una derecha moderada y europea. Como era inevitable, tal intento ha desplazado al PP hacia la derecha y, en consecuencia, ha forzado también a Ciudadanos, que compite por una parte importante del electorado popular, a moverse en idéntico sentido, dejando el centro para que Sánchez lo ocupe casi sin oposición.

El resultado de ese doble desplazamiento, que los adversarios del PP y de Ciudadanos según cabía esperar explotan a placer, es evidente: que un líder que, guiado solo de sus intereses personales, forzó primero una repetición electoral, pactó después una censura vergonzosa con los partidos que habían dirigido una insurrección, y gobernó luego con ellos con resultados desastrosos, pueda ahora presentarse como el campeón de la moderación frente a los que califica como radicales de derechas y de izquierdas.

Un gran regalo que, si el PP y Ciudadanos no corrigen su errática deriva, podría suponerle a Sánchez el 28 de abril uno mayor: seguir en la Moncloa.

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