Un brindis por el «brexit»


El brexit se ha convertido en un psicodrama televisado», comentaba ayer con sonrisa socarrona una alta fuente diplomática en los pasillos del Consejo Europeo. El culebrón británico hace tiempo que ha dejado de sorprendernos en Bruselas. Sus giros imposibles, piruetas y triples mortales siempre acaban en el mismo punto: el fango. Ante el descomunal disparate en el que se ha convertido el divorcio británico hay muchos que han optado, con buen criterio, por hacer palomitas y esperar expectantes el desenlace. ¿Qué más se puede hacer?

La impotencia ha dado paso estos meses al ingenio y al sarcasmo como medicina para desdramatizar y sobrellevar la situación. En la capital comunitaria, junto al edificio de la Comisión Europea, los galeses que regentan el pub James Joyce llegaron a convocar a sus clientes el 15 de enero para seguir con una cerveza en la mano la votación en Westminster. Allí brexiters y remainers son bienvenidos. Hay quienes han ido más allá y han decido organizar en Londres una macro fiesta para despedir a los británicos como se merecen el mismo 29 de marzo. Comida, copas, música electrónica y actuaciones sorpresa amenizarán la velada. Al menos 43.048 personas han confirmado que asistirán al UK´s leaving drinks para hacer un último brindis por el brexit. Hay hasta quienes han hecho sus propias quinielas, con menos suerte que las de Eurovisión.

El divorcio británico también tiene su propia banda sonora. Dos años de negociaciones dan para mucho, también para ponerle música y letra con una exquisita lista de reproducción de Spotify. Títulos tan célebres como el All By Myself de Céline Dion (Todo por mi cuenta), el Highway to Hell de AC/DC (Autopista al infierno) o The Final Countdown de Europe (La cuenta atrás final) son algunas de las propuestas de los troles europeístas.

El sentido del humor con el que muchos han afrontado el brexit no excluye la crítica. Las patrañas y deslices de Theresa May, Boris Johnson o David Cameron, entre otros, están grabados a sangre y fuego en la memoria de sus compatriotas y ciudadanos europeos. Todavía provoca escalofríos aquella declaración a bocajarro del actual secretario de Estado de Comercio británico, Liam Fox, asegurando que lograr un acuerdo comercial con la UE «debería ser una de las cosas más fáciles en la historia de la humanidad». Esa frase da la medida de las expectativas con las que partía Londres, de la sobreestima de sus políticos británicos, del delirio de los brexiters, la irresponsabilidad de los líderes tories y el menosprecio que siempre han albergado por sus socios europeos.

Ahora es a los Veintisiete a los que se encomienda May para salvar su pellejo, ligado al destino del acuerdo del brexit. Si cae uno, posiblemente caerá la premier, si es que a estas horas no ha dimitido.

No es el momento de que la UE afloje y no parece que esa sea la intención: «Estamos hartos (…) No vamos a darles más tiempo para que sigan enredando», asegura un alto diplomático comunitario. Con Westminster amotinado contra el acuerdo de divorcio, las cancillerías europeas saben que las opciones de que el Reino Unido siga en la UE pasan por forzar a May a echar el freno de mano al brexit, pedir una prórroga para convocar un referendo o descabezar Downing Street. Y a May no le faltan enemigos en casa dispuestos a sumarse al brindis el próximo 29 de marzo y bailar sobre las cenizas al día siguiente.

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