No sin vosotros


Tranquilos. No tenéis que haceros todos feministas. Con entender que el machismo es una forma de ver la vida que debe desaparecer, es suficiente. Nadie pide que militéis activamente, que os vistáis de violeta, que gritéis consignas contra el patriarcado ni que tengáis que demostrar el arrepentimiento como Saulo, camino de Damasco. Es todo mucho más sencillo y en ese punto nos encontraremos, con respeto y complicidad, en una misma causa justa.

Antes de Trump (gracias, Donald) era impensable escuchar o leer consideraciones comprensivas y solidarias de parte de compañeros que nos veían como una amenaza a su hombría. El exceso es lo que tiene, que a veces sirve para buscar el equilibrio y en este proceso civilizador viene a cuento el pensamiento aristotélico del ‘justo medio’ respecto a la virtud ética: obrar correctamente precisa de una serie de repeticiones en la elección de lo correcto hasta que se convierte en una costumbre. Hete aquí un camino posible y contrastado en la historia de la Humanidad consciente: cambiar estructuras y comportamientos sociales que han producido una terrible injusticia, porque «la virtud ética suprema es la justicia, que es como un sol, como el agua en el desierto…». Y de eso va el feminismo: de justicia, de hacer lo éticamente correcto.

Eso no significa que la política deba permanecer ajena. La coincidencia con una convocatoria de elecciones mezcla la ola violeta con otros colores que tienen que ver con una confrontación partidaria legítima, pero las elecciones pasarán y la lucha feminista seguirá porque tiene su propio camino; porque es un avance necesario para que las personas seamos mejores, en conjunto, y porque las mujeres tenemos derecho a vivir plenamente, sin privilegios pero sin discriminaciones.

Ningún cambio social trascendental se mantuvo ajeno a la política y, en esta época, sería impensable. Sobre todo porque fueron las movilizaciones de las pioneras feministas las que produjeron cambios en leyes que hoy nos permiten votar, estudiar, trabajar y manifestarnos. Pensemos que en este gran país (la cuarta economía europea) sólo podemos elegir a nuestros representantes desde hace cuatro décadas. En ese tiempo nos hemos ganado el derecho al divorcio, a denunciar la violación, a tipificar como delito el acoso sexual, a decidir cómo y cuándo podemos o queremos ser madres y, nada menos, que a tener el amparo -por muy imperfecto que aún sea- de las fuerzas del orden público y de los tribunales para resolver lo que se consideraba un conflicto doméstico, cuando era un genocidio justificado por un anillo.

Ahora los procesos se han acelerado. Pero sin ‘ellos’, sin vosotros, será imperfecto, además de -también- injusto. No nos tengáis miedo. No existe el feminazismo. Existen trogloditas que defienden el retroceso al tiempo de las cavernas.

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